Consejos y recursos para padres y profesores
 
Picture
Dorcas 

Dios me ha bendecido con 12 hermosos hijos. Son ocho niñas y cuatro muchachos. Su crianza acaparó todo mi tiempo. Apenas tenía ocasión de un respiro. Pero ahora que todos han crecido —el menor tiene 14 años—, dependo enteramente de su apoyo y ayuda. Cierta mañana pasé un buen rato reflexionando en ello y sintiendo una enorme gratitud hacia mis queridos hijos. En esas recibí una llamada de mi tercera hija mayor. Le comenté aquella sensación de agradecimiento. Ella me contesto: «Mamá, tienes que hablarle de esto a tus hijos. Les haría muy feliz saber lo mucho que significan para ti». La misma idea me había cruzado la mente y coincidí con ella.

Mis 12 hijos han crecido de un momento a otro en el curso de 34 años. Sé que suena contradictorio, pero es cierto. El paso de los años me ha inculcado la enorme valía de mis hijos. Todo lo que puedo decirles es gracias. Gracias. Gracias.

Les agradezco:

Las numerosas lecciones de vida que me han enseñado.

Que algunos aún vivan conmigo.

Que otros hayan alzado vuelo y ya no residan en mi casa.

Las ocasiones en que se acordaron de llamarme.

Las ocasiones en que me llamaron para hablarme de un problema.

Las visitas de mis hijos mayores durante mi recuperación en el hospital.

Las lágrimas que derramaron cuando enfermé.

Las risas que me produjeron cuando necesitaba unas palabras de aliento.

El pastel que una de mis hijas hornea para celebrar mi cumpleaños y el delicioso almuerzo conmemorativo que preparan.

Las llamadas telefónicas los días previos a mi cumpleaños para preguntarme qué deseo de regalo.

La impresión de un álbum familiar de fotos que mi hija mayor recopila y me envía al término de cada año.

La fidelidad con que cortan la madera para la estufa principal de la casa.

La apreciación de una amplia variedad de personalidades y características.

A mis nietos por llamarme abuela y a mis hijos por cuidar tan bien de ellos.

El tiempo que mis hijos me han dedicado cuando he pasado una temporada difícil.

Deseo decirle a cada uno de mis hijos: «Eres necesario. Te doy las gracias. Eres maravilloso».

Nuestra mayor fortuna es saber que otros nos necesitan. Pero de no expresarlo en palabras, puede que nunca se llegue a conocer la manera que complementamos la vida de los demás. Ese es el motivo por el que he puesto en palabras lo que siento por mis hijos. Mientras ponía mi agradecimiento por escrito, empecé a pensar en Jesús: el mayor acreedor de nuestra gratitud.

Me pregunté si le he manifestado mi gratitud. Últimamente no lo he alabado mucho y me pregunto si ello le entristece. Mi agradecimiento hacia Él supera al de todos los demás componentes de mi vida. Su amor me permite extender mi cariño a los demás. El amor que me propicia me motiva a amar a otros.

Se dice que la alabanza invoca el poder de Dios. Estoy segura que es cierto. En los momentos de agotamiento se vuelve incluso más importante alabarle. La verdad es que al momento de escribir estas líneas me encontraba un poco debilitada. Pero mis fuerzas se renovaron cuando empecé a alabar a Dios. El motivo central del artículo es la gratitud, por lo que resulta natural que termine en alabanzas.

Articulo © La Familia Internacional. Foto gentileza de photostock/FreeDigitalPhotos.net
 
 
Bonita Hele

Bendice a las madres, Jesús, que anoche -de nuevo- se quedaron sentadas y calmaron a los bebés que lloraban debido a los cólicos.

Bendice a las madres que leen el mismo cuento noche tras noche, el favorito de los niños, incluso cuando podrían recitarlo mientras duermen.

Bendice a las madres que guardan como un tesoro la colección de los dibujos de sus niños, desde los primeros garabatos hasta el último y esmerado dibujo.

Bendice a las madres que ayudan a sustentar a sus familias, incluso cuando significa que van al trabajo con la blusa manchada de un poco de flema del bebé, o con pañales en el bolso y chupadores en los llaveros.

Bendije a las madres que animan al hijo que logró llegar a una meta, y bendice a las madres que animan al hijo que nunca ha alcanzado un objetivo.

Bendice a las madres que atienden a sus hijos enfermos, que atesoran el tiempo adicional que pasan juntos en vez de quejarse porque tienen más trabajo.

Bendice a las madres que a diario enseñan a sus hijos a tener amor, paz, perdón, tolerancia y humildad, y que lo hacen al darles un ejemplo.

Bendice a las madres que enseñan a sus hijos a unir las manos para orar, incluso antes de que los niñitos aprendan a hablar.

Bendice a las madres que reconocen sus errores y te piden, Jesús, que compenses por lo que les falta.

Bendice a las madres que nunca se cansan de orar por sus hijos.

Bendice a las madres que no son un modelo de perfección, sino una personificación del amor.

Gracias, Señor, por las madres -las que son madres desde hace mucho tiempo, las que acaban de ser madres, o las que pronto lo serán, las ricas y las pobres, las madres de sus propios hijos o las madres de los niños que han perdido a su progenitora- porque sin ellas, no conoceríamos ese algo bellísimo: el amor de madre.
 
 
Mi pequeñita
Beth Jordan

No sé si a todas las primerizas les sucede lo mismo, pero no hay nada que cautive más mi atención que mi pequeñita. Sus expresiones faciales, la vivacidad que se dibuja en sus ojos, su curiosidad... Casi cualquier cosa que hace la nena despierta mi amor maternal. Un día tomé conciencia de que Jesús abriga ese mismo amor incondicional por mí.

Observando a Ashley sentadita en la cama, que me miraba con sus brillantes ojos azules y una sonrisa de oreja a oreja, me puse a pensar: «¿Cómo no voy a quererla? Claro, a los seis meses es más activa que un cachorrito. A veces arma un lío, se queja, se despierta en la noche pidiendo que le dé de comer cuando yo quiero dormir. Pero haga lo que haga, no hay nada que me pueda disuadir de amarla o de velar por ella».

Entonces me acordé de que el día anterior me había sentido muy deprimida y lejos del Señor. Cometí tantos errores que me dio la sensación de que Jesús había dejado de amarme. Pero al mirar a los ojos a mi pequeñita, Él me habló. «¿Cómo podría dejar de amarte? ¿Por qué querría dejar de velar por ti? Eres la alegría de Mi corazón. Te amo. Eres mi pequeñita. Naturalmente, no eres perfecta, y a veces lo lías todo; pero esas cosas contribuyen a que aprendas y madures. Te quiero más y más cada día. No te
preocupes: ¡siempre serás Mi pequeñita!»

Gentileza de la revista Conéctate. Usado con permiso.
 
 
Robert Peterson

La niña tenía seis años cuando la conocí. Sucedió un día en el que paseaba por la playa que queda a unos cinco kilómetros de donde vivo. Voy a esa playa cada vez que el mundo comienza a abrumarme. La niña estaba construyendo un castillo de arena o algo así cuando miró hacia arriba. Sus ojos eran azules como el mar.

—Hola —me dijo.

Yo le respondí haciendo una señal con la cabeza. No estaba de humor para tratar con un niño.

—Estoy construyendo —añadió.

—Eso veo. ¿Qué es? —le pregunté sin interés.

—No lo sé, es solo que me gusta sentir la arena.

Buena idea, pensé, y me saqué los zapatos. Un andarríos pasó volando cerca.

—Es una alegría —dijo la niña.

—¿Una qué?

—Una alegría. Mi mamá dice que los andarríos vienen a traernos alegría.

El ave se alejó volando.

—Adiós, alegría —dije entre dientes—. Hola, dolor.

Me di la vuelta para seguir caminando. Estaba completamente deprimido. Mi vida parecía estar totalmente trastornada.

—¿Cómo se llama? —la niña no se daba por vencida.

—Robert —respondí—. Me llamo Robert Peterson.

—Yo me llamo Wendy; tengo seis años.

—Hola, Wendy.

La niña se rió.

—Usted es gracioso —dijo.

A pesar de mi pesimismo, yo también me reí y seguí caminando. Su risita musical me siguió.

—Venga otra vez, Sr. P. —dijo—. Tendremos otro día feliz.

Los días y semanas que siguieron le pertenecieron a otros: un revoltoso grupo de boy scouts, las reuniones de padres y profesores, una mujer enferma. El sol brillaba cierta mañana mientras sacaba las manos del fregadero.

—Necesito un andarríos —me dije a mí mismo, mientras echaba mano de mi abrigo.

El bálsamo siempre variado de la orilla del mar me esperaba. Soplaba una brisa fría, pero yo seguí caminando, tratando de recuperar la serenidad que necesitaba. Me había olvidado de la niña y cuando apareció me sobresalté.

—Hola, Sr. P. —dijo—, ¿quiere jugar?

—¿Qué tenías pensado? —pregunté, algo molesto.

—No lo sé. Lo que usted diga.

—¿Qué te parece jugar a las charadas? —pregunté sarcásticamente.

Volvió a escucharse su risa cristalina.

—No sé lo que es eso.

—Entonces caminemos —le dije mirándola.

Noté la delicada belleza de su rostro.

—¿Dónde vives? —le pregunté.

—Allá —me respondió, apuntando con el dedo hacia una fila de casitas de veraneo.

Qué curioso, pensé, en pleno invierno.

—¿A qué escuela vas?

—No voy a la escuela. Mamá dice que estamos de vacaciones.

Seguimos paseando por la playa y ella se entretuvo hablando de cosas de niñas, pero mi mente estaba ocupada con otras cosas. Cuando partí hacia mi casa, Wendy dijo que había sido otro día feliz. Sintiéndome sorprendentemente mejor, le devolví la sonrisa y asentí con ella.

Tres semanas después, me fui a mi playa en un estado casi de pánico. No estaba de humor para siquiera saludar a Wendy. Me pareció ver a su madre en el porche de su casa y me entraron ganas de exigirle que mantuviera a su niña en casa.

—Mira, si no te importa —le dije con algo de enojo a Wendy cuando se me acercó—, hoy preferiría estar solo.

Me dio la impresión de que se la veía inusualmente pálida y sin aliento.

—¿Por qué quiere estar solo? —preguntó.

Me di vuelta y grité:

—¡Porque se murió mi madre!

Dios mío, pensé, ¿por qué le estaré diciendo esto a una niña tan pequeña?

—Ah —dijo en voz baja—, entonces hoy es un mal día.

—Sí —le dije—, igual que ayer y anteayer. Ay… ¡vete!

—¿Le dolió? —preguntó.

—¿Si me dolió qué? —estaba exasperado con ella y conmigo mismo.

—Cuando ella murió?

—¡Claro que dolió! —exclamé, sin entender a qué se refería. Metido en mí mismo, me alejé de ella.

Aproximadamente un mes más tarde, volví a la playa y ella no estaba allí. Me entró un sentimiento de culpabilidad. Me sentí avergonzado y reconocí que la echaba de menos. Al final de mi caminata me acerqué a la casita y golpeé la puerta. Una mujer de rostro demacrado y cabello color miel abrió la puerta.

—Hola —dije—, soy Robert Peterson. Hoy eché de menos a su hijita y me preguntaba dónde estaría.

—Ah, sí, señor Peterson. Pase, por favor. Wendy habló mucho de usted. Me temo que permití que lo molestara. Le ruego que acepte mis disculpas si lo fastidió.

—En absoluto. Es una niña encantadora —repliqué, dándome cuenta en ese instante de que lo decía en serio.

—¿Donde está?

—Wendy falleció la semana pasada, Sr. Peterson. Padecía leucemia. Quizás no se lo dijo.

Me quedé mudo y busqué un asiento. Estaba estupefacto.

—Le encantaba esta playa, y cuando pidió venir para acá, no podíamos negárselo. Parecía estar mucho mejor acá y tenía muchos «días felices», como los llamaba ella. Sin embargo, durante las últimas semanas su salud se deterioró rápidamente…

La voz se le entrecortó y añadió:

—Dejó algo para usted. …Voy a buscarlo. ¿Aguardaría unos instantes?

Asentí sin decir palabra. Mil cosas me pasaban por la cabeza mientras buscaba algo que decirle a esa encantadora y joven madre. Ella me entregó un sobre ajado, que decía con letras gruesas e infantiles: «Sr. P». Dentro del mismo había un dibujo de vivos colores hecho con crayones; era una playa amarilla, un cielo azul y un pájaro marrón. Debajo estaban escritas con mucho esmero las siguientes palabras: UN ANDARRÍOS QUE TE DA  ALEGRÍA.

Los ojos se me llenaron de lágrimas y un corazón que prácticamente había olvidado cómo amar se abrió de par en par. Estreché a la madre de Wendy entre mis brazos.

—Cuánto lo siento, cuánto lo siento, cuánto lo siento —repetí una y otra vez. Los dos lloramos juntos.

Enmarqué el valioso cuadro y ahora cuelga en una de las paredes de mi estudio. Son seis palabras, una por cada año de la vida de Wendy, que me hablan de armonía, coraje y un amor que no espera nada a cambio. Era el regalo de aquella niña de ojos azules como el mar y cabello color de arena que me enseñó el don de amor.
 
 
Una presentación de PowerPoint para las madres.
(Para descargar la presentación, haz clic derecho sobre el archivo y seleccionar "guardar" o "guardar archivo como..."
El ángel de los niños.pps
File Size: 1583 kb
File Type: pps
Download File

 
 
Samuel Keating

Para el primer cumpleaños de nuestra hija Audrey, mi mujer y yo teníamos pensada una pequeña celebración en casa con unos pocos amigos y familiares. Terminó siendo una fiesta impresionante con magdalenas a granel en el restaurante que administran sus abuelos. Probablemente los invitados disfrutaron más que mi hija; eso no lo niego. Audrey se pasó gran parte del tiempo observando cautelosamente lo que sucedía desde la seguridad de los brazos de alguien y se negó de plano a posar para una foto junto a su solitaria velita, por mucho que intenté convencerla de que lo hiciera (o tal vez justamente por eso).

La gente habla de lo rápido que pasa el tiempo. Lo mismo siento yo, quizá porque me estoy haciendo mayor. Cuando niño me parecía que los días, semanas y meses —sin hablar ya de los años— transcurrían muy lentamente; ahora tengo la impresión de que conocí a Audrey hace apenas unas semanas. Recuerdo patentemente el día en que nació, y las primeras impresiones y emociones que me embargaron mientras observaba a la enfermera darle su primer baño y cuando la nena después se durmió por primera vez en mis brazos.

Ya antes de su nacimiento había oído hablar de la alegría de criar hijos, pero no estaba muy convencido. Veía que los padres que hablaban de eso se consideraban realmente felices, pero no entendía por qué. ¿No era acaso su vida más ajetreada, tensa y agotadora que antes? ¿No les quedaba menos tiempo libre? ¿No les daba vergüenza que su hijo volteara el plato de comida? ¿No se hartaban de su lloriqueo cuando estaban cansados? ¿No les molestaba que se pusieran pegajosos y cometieran reiteradas desobediencias? Yo estaba seguro de que sí. Aunque disfrutaba de la compañía de los niños de otras personas, valoraba mucho mi tiempo y mi comodidad como para tener hijos propios.

Ahora, sin embargo, no puedo imaginar mi vida sin Audrey. Cada sonrisa, cada carcajada, cada invento que hace, cada juguete que llega a dominar, cada sonido característico de algún animal que se aprende, me llena de profunda alegría y gratitud por su presencia en mi vida. Su último descubrimiento es que un medio muy eficaz de llamar mi atención cuando quiere que juegue con ella o le lea un libro es soltar un chillido. Pero ni eso merma el amor que siento por ella ni la felicidad que me trae.

Artículo y foto gentileza de la revista Conéctate. Usado con permiso.
 
 
Linda Salazar

—Mamá, me parece que a ti te gustan esos juguetes más que a nosotros —le decía yo a mi madre cuando íbamos de compras a las tiendas de saldos.

Por la escrupulosidad con que inspeccionaba cada libro, contaba las piezas de los rompecabezas y se fijaba en que todos los juegos estuvieran completos —a veces a los artículos de saldo les faltan piezas—, yo hubiera jurado que a ella le fascinaban esas cosas tanto como a nosotros. Siempre estaba pendiente de las liquidaciones, pues así ella y mi esforzado padre lograban ponernos regalitos al pie del árbol de Navidad.

Sin embargo, mis padres no se limitaban a hacernos regalos materiales. A veces nos obsequiaban su compañía, como cuando nos llevaban a un parque para jugar juntos a uno de nuestros juegos preferidos, o cuando salíamos a pasear por el bosque, o cuando nos llevaban a visitar un sitio de interés histórico.

Ahora que lo pienso, no es que a mis padres les gustaran los juguetes y demás tanto como a mí me parecía. Lo que les gustaba en realidad era ser dadivosos. Se caracterizaban por su generosidad. Nos entregaban su tiempo y atención, nos prestaban ayuda con las tareas escolares y las actividades manuales, se tomaban el tiempo para escucharnos… lo que dieran, lo daban siempre de corazón.

Ahora que se acerca la Navidad, no puedo menos que recordar y maravillarme de aquellos obsequios sencillos y llenos de amor. Los regalos en sí casi no los recuerdo, pero nunca olvidaré el entusiasmo con que mis padres nos los entregaban.

Hoy son tantos los días festivos que, por instigación de los señores del marketing, celebramos con regalos, que todos terminamos un poco aturdidos sin saber qué día es cuál y a santo de qué damos tal y cual obsequio. Pero detengámonos un momento a pensar en los regalos más memorables que hemos recibido y por qué razón perduran hoy en nuestro afecto. ¿Recordamos sobre todo las cosas visibles y tangibles, o más bien el amor en que venían envueltas? 

Gentileza de la revista Conéctate
 
 
Horace Edwards

En Brooklyn  hay un colegio llamado Shush para niños con dificultades de aprendizaje. Algunos asisten a Shush durante todos sus años escolares, mientras que otros se pueden integrar en algún momento a las clases de colegios normales. En una cena de recaudación de fondos para Shush, el padre de un alumno de ese colegio pronunció una charla que jamás olvidarán los asistentes.

Tras ensalzar al colegio y a su dedicado personal docente, preguntó a voces: «Dónde está la perfección de mi hijo Shaya? Todo lo que Dios hace lo hace a la perfección. Pero mi hijo no entiende como los otros niños. No recuerda datos y cifras como otros. ¿Dónde está la perfección de Dios?» El público quedó estremecido por estas palabras, apenado por la angustia de aquel padre, apabullado por la desgarradora pregunta. Y añadió: «Yo creo que cuando Dios trae al mundo a un niño así, la perfección que Él busca se manifiesta en la manera en que los demás reaccionan ante ese niño».

Seguidamente relató la siguiente anécdota sobre su hijo: Una tarde Shaya caminaba con su padre por un parque donde unos niños que Shaya conocía jugaban béisbol. Este preguntó: «¿Crees que me dejarán jugar?» El padre sabía que su hijo no tenía dotes algunas de deportista y que la mayoría de los niños no querrían que jugara en su equipo. Pero comprendió que quería jugar, y que al hacerlo se sentiría aceptado. Se acercó a uno de los chiquillos que jugaban, y le preguntó si Shaya podía jugar.

El niño miró a su alrededor, buscando orientación de sus compañeros de equipo. Como ninguno respondió, tomó la decisión y contestó: «Estamos perdiendo por seis carreras y la partida está en la octava entrada. Creo que puede estar en nuestro equipo; y trataremos de ponerlo a batear en la novena entrada.»

El padre quedó encantado, y Shaya sonrió de oreja a oreja. Pidieron a Shaya que se pusiera un guante y se colocara en la segunda base.

En la segunda de la octava entrada, el equipo de Shaya anotó unas cuantas carreras, pero todavía le faltaban tres. En la segunda de la novena entrada, el equipo de Shaya anotó de nuevo, y ahora con dos fueras y con la oportunidad de ganar por bases, le tocaba el turno a Shaya. En esta coyuntura, ¿dejaría el equipo que Shaya bateara y renunciaría a su oportunidad de ganar el partido?

Sorpresivamente, le dieron el bate. Todos sabían que era una situación del todo imposible, porque Shaya ni sabía empuñar el bate, no digamos dar un buen golpe con él. Sin embargo, se colocó en la base. El lanzador se acercó un poco más a la base y le lanzó la pelota con suavidad de modo que Shaya pudiese por lo menos llegar a tocarla. Llegó el primer lanzamiento, y Shaya se movió torpemente y no acertó. Uno de sus compañeros de equipo se le acercó y sostuvieron juntos el bate y miraron al lanzador, esperando el siguiente lanzamiento.

El lanzador dio unos pasos para acercarse más y lanzó la pelota suavemente a Shaya. Cuando llegó el lanzamiento, este y su compañero dieron el batazo juntos lanzaron un roletazo lento al lanzador. Este lo recogió, y fácilmente podría haber lanzado la pelota al jugador de primera base. Shaya habría quedado eliminado y el partido habría terminado.

En cambio, el lanzador tomó la pelota y la arrojó trazando un arco alto en el campo derecho, muy lejos del alcance del jugador de primera base. Todos gritaron: «Shaya, corre a la primera base! ¡Corre a la primera!» En su vida había corrido Shaya a la primera base. Se fue correteando a la línea de base boquiabierto y asustado.

Cuando llegó, el exterior derecho había arrojado la pelota al jugador de la segunda base, que habría tocado a Shaya eliminándolo. Pero había comprendido las intenciones del lanzador, y arrojó la pelota muy alto y lejos de la cabeza del jugador de la tercera base.

Todos gritaron: «¡Corre a la segunda, corre a la segunda!» Shaya corrió a la segunda base mientras los corredores que iban delante de él rodearon como locos las bases hacia la meta. Cuando Shaya llegó a segunda base, el parador en corto corrió hacia él, lo encaminó hacia la tercera base y gritó: «¡Corre a la tercera!»

Mientras Shaya llegaba a la tercera, los niños de los dos equipos corrieron detrás de él, gritando: «¡Shaya, corre a la base!» Shaya corrió, puso el pie en la base del bateador y los dieciocho niños lo levantaron en hombros. Shaya era el héroe. Había hecho el jonrón y ganado el partido para su equipo.

El padre añadió en voz baja y con el rostro bañado en lágrimas: «Aquel día, los dieciocho niños alcanzaron el nivel de la perfección de Dios».

 
 
Abbie Blair era asistente social en la década de los sesenta. En una ocasión hizo las diligencias para una adopción que no olvidará jamás. Dejemos que ella misma la cuente.

Recuerdo la primera vez que vi a Freddie. Su madre sustituta lo había llevado a la oficina del organismo de adopción donde  trabajo, a fin de que lo conociera y ayudara a encontrarle padres adoptivos. Estaba de pie en el corralito, y me sonrió mostrando los dientes. «¡Qué nene tan lindo!», pensé.

Su madre sustituta lo tomó en brazos, y preguntó:

-¿Podrá encontrarle una familia a Freddie?

Entonces reparé en que Freddie había nacido sin brazos.

Le dio un beso, y agregó:

-Es muy inteligente, solo tiene diez meses y ya camina y habla. Dile algo a la señora Blair.

Freddie me sonrió y escondió la cabeza en los hombros de la señora.

-Freddie, no te portes así -le dijo y luego añadió-: En realidad es muy amistoso y muy bueno.

Freddie me recordaba a mi propio hijo cuando tenía su edad. Tenía los mismos rizos gruesos y oscuros y los mismos ojos marrones.

-No lo olvidará, ¿verdad, señora Blair? ¿Lo intentará?

-No lo olvidaré.

Subí y saqué mi última lista de niños a los que resultaría difícil encontrar padres adoptivos.

Freddie tiene diez meses y es de origen anglofrancés. Tiene ojos pardos, cabello castaño oscuro y piel blanca. Nació sin brazos, pero aparte de eso goza de buena salud. A su madre sustituta le parece que da señales de gran inteligencia. Ya camina y sabe decir algunas palabras. Es cariñoso. Su madre biológica lo entregó, y está listo para que lo adopten.

Pensé: «Él está listo. Pero, ¿quién está listo para él?»

Eran las diez de la mañana de un radiante día de fin de verano. Mi oficina estaba llena de matrimonios: unos habían ido para someterse a una entrevista, otros para conocer a bebés, y se iban formando familias. Esas parejas casi siempre tenían el mismo sueño: querían un niño que se les pareciera lo más posible, lo más pequeño posible y, sobre todo, saludable.

-Si se enferma después de que lo llevemos a casa -decían- es un riesgo que corremos, como todos los padres. Pero acoger a un niño que ya padece algo sería demasiado.

Es muy comprensible.

Yo no era la única que le buscaba padres a Freddie. Cada vez que una de las asistentas sociales conocía a otro matrimonio empezaba con una esperanza: tal vez esos serían los papás de Freddie. Pero pasó el verano y llegó el otoño. Freddie seguía con nosotros cuando cumplió un año.

-¡Freddie es grande! -decía Freddie riéndose- ¡Grande!

Entonces los encontré.

Empezó como siempre, con una ficha impersonal en mi cajón, otro caso, un nuevo estudio de hogar, dos personas que querían un hijo. Se llamaban Frances y Edwin Pearson. Ella tenía 41 años. Él, 45. Ella era ama de casa. Él conducía un camión.

Fui a verlos. Vivían en una casita blanca de madera con un amplio y soleado jardín lleno de árboles añosos. Me recibieron juntos en la puerta, ansiosos y muertos de miedo.

La señora Pearson sirvió un café humeante y galletas recién salidas del horno. Se sentaron conmigo en el sofá, tomados de la mano. Al cabo de unos instantes, la señora Pearson dijo:

-Hoy cumplimos dieciocho años de casados.

-Han sido buenos años -añadió el señor Pearson- Excepto que…

Sí. Siempre está esa excepción -agregó ella. Luego, mirando la impecable sala, comentó: -Está demasiado ordenada, ¿no le parece?

Pensé en la sala de mi casa y en mis tres hijos, ya adolescentes.

-Sí -asentí-. Comprendo.

-¿Será que somos demasiado mayores?

Sonreí antes de responder:

-No creo.

-Nosotros tampoco lo creemos.

-Uno siempre piensa que será este mes, y luego el siguiente -explicó el señor Pearson-. Análisis, exámenes. De todo. Una y otra vez. Y nunca pasa nada. Espera que te espera, y el tiempo sigue pasando. Ya habíamos tratado de adoptar. En una agencia nos dijeron que nuestro apartamento era muy pequeño, y nos conseguimos esta casa. En otra decían que no gano lo suficiente. Habíamos resuelto no seguir intentando, pero un amigo nos habló de ustedes, y decidimos probar por última vez.

-Me alegro -contesté.

La señora Pearson miró a su marido con orgullo, y preguntó:

-¿Tenemos posibilidad de elegir? ¿Un varón para mi marido?

-Veremos si encontramos un varón. ¿Cómo lo quiere?

La señora Pearson se rió, y dijo:

-¿De cuántas clases hay? Simplemente un chico. Mi marido es muy aficionado al deporte. En secundaria jugó baloncesto y practicó atletismo. Sería buen padre de un varón.

El señor Pearson me miró y dijo:

-Comprendo que no podrá decirlo con exactitud pero, ¿puede darnos una idea de qué tan pronto sería? Llevamos mucho tiempo esperando.

Vacilé. Siempre preguntan eso.

-Tal vez para el verano -añadió la señora Pearson-. Podríamos llevarlo a la playa.

-¿Tanto tiempo? ¿No tiene a nadie? Habrá algún chico -dijo el señor Pearson, y tras una pausa, añadió-: Claro que no podemos darle tanto como otros. No hemos ahorrado mucho.

-Tenemos mucho amor -agregó su esposa-. De eso sí hemos ahorrado bastante.

-Bueno -dije con cautela-, hay un niño de13 meses.

-Es una edad encantadora -comentó la señora Pearson.

-Tengo una foto de él -comenté mientras alargaba la mano hasta mi bolso, y les pasaba la fotografía; añadí-: Es un muchachito estupendo, pero nació sin brazos.

Estudiaron la foto en silencio. El señor Pearson miró a su esposa.

-¿Qué te parece, Fran?

-Fútbol -dijo la señora Pearson-; podrías enseñarle a jugar fútbol.

-El deporte no es tan importante -dijo el señor Pearson-. Puede aprender a utilizar la cabeza. Sin brazos puede vivir. Sin cabeza, no. Puede ir a la universidad. Ahorraremos.

-Es un chico -insistió la señora Pearson-. Necesita jugar. Le puedes enseñar.

-Le enseñaré. Los brazos no lo son todo. Quizá alguna vez podamos conseguirle unos.

Se habían olvidado de mí. Pero pensé que quizá el señor Pearson tenía razón. Tal vez le podrían poner brazos artificiales a Freddie. Tenía unos pequeños muñones en el lugar de las extremidades superiores.

-¿Les gustaría conocerlo?

Levantaron la vista.

-¿Cuándo nos lo podrían dar?

-¿Creen que lo querrían?

La señora Pearson me miró y preguntó:

-¿Que si lo querríamos?

-Lo queremos -anunció el señor Pearson.

La señora Pearson miró de nuevo la foto y dijo:

-Nos estabas esperando, ¿verdad?

-Se llama Freddie -les informé- pero pueden cambiarle el nombre.

-No -dijo el señor Pearson-. Frederick Pearson; suena bien.

Eso fue todo. Lógicamente, hubo que hacer trámites, y para cuando fijamos la fecha, ya se estaban engalanando las calles con luces navideñas y había adornos por todas partes. Encontré a los Pearson en la sala de espera. Los dos tenían un poco de nieve encima.

-Ya está aquí su hijo -anuncié-. Subamos y se lo presentaré.

-Estoy nerviosa -dijo la señora Pearson-. ¿Y si no le gustamos?

Poniéndole una mano en un brazo, le dije:

-Ya se lo traigo.

La madre sustituta de Freddie le había puesto un flamante traje blanco, con un ramito de acebo verde y bayas rojas bordado en el cuello. El pelo le brillaba como una masa de rizos oscuros.

-A casa -me dijo Freddie, sonriendo, mientras su madre sustituta lo ponía en mis brazos.

-Le dije eso -explicó ella-, que iba a ir a su nueva casa.

Se despidió de él dándole un beso, con lágrimas en los ojos.

-Adiós, mi amor. Pórtate bien.

-Bien -repitió Freddie alegremente-. Voy a casa.

Lo llevé a la sala donde esperaban los Pearson. Cuando llegué, lo puse en el suelo para que caminara y abrí la puerta.

-Feliz Navidad -les dije.

Freddie se quedó vacilante, agitando un poco la cabeza mientras miraba fijamente a las dos personas que tenía ante sí y lo contemplaban absortas.

El señor Pearson se agachó poniendo una rodilla en el suelo, y le dijo:

-Freddie, ven. Ven con papá.

Freddie me miró por un momento. Luego, se dio vuelta, y caminó con lentitud hacia ellos, que lo recibieron con los brazos abiertos.

                                                                             * * *

Todos queremos que nos quieran, ocupar un lugar, que se nos reciba con los brazos abiertos. Una de las mayores dificultades es que depende mucho del atractivo. Si tenemos buena presencia, hacemos nuestra parte, nos ajustamos a las expectativas de los demás y cumplimos muchas otras condiciones, a lo mejor nos querrán.

Pero hay una clase extraordinaria de amor. Un amor que acepta incondicionalmente y no pide belleza. No tenemos que decir nada. No tenemos que estar en un determinado lugar. No tenemos que tener cierta cantidad de dinero ni ocupar un cargo. O sea, que se nos puede amar tal como somos.




El artículo de Abbie Blair es gentileza del Reader’s Digest.
Image courtesy of David Castillo Dominici at FreeDigitalPhotos.net

 
 
Los niños deben obedecer y honrar a sus padres.

  • Éxodo 20:12 - Honra a tu padre y a tu madre, para que disfrutes de una larga vida en la tierra que te da el Señor tu Dios.
  • Efesios 6:1 - Hijos, obedezcan a sus padres. Ustedes son de Cristo, y eso es lo que les corresponde hacer.
  • Colosenses 3:20 - Ustedes, los hijos, deben obedecer a sus padres en todo, pues eso agrada al Señor.

Pídele a Dios que te oriente  en la educación de tus hijos.

  • Jueces 13:12  - Entonces Manoa [el padre de Sansón]  le dijo [al ángel]: —Cuando se cumpla lo que dijiste, ¿cómo debemos criar al niño? ¿Qué debemos hacer?
  • Proverbios 3:5,6  - Pon toda tu confianza en Dios y no en lo mucho que sabes. Toma en cuenta a Dios en todas tus acciones, y él te ayudará en todo.
  • Santiago 1:5 - Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará.

Tratar a tus hijos con benevolencia y amor.

  • Lucas 1:17 - Él [Juan el Bautista] irá primero, delante del Señor…para reconciliar a los padres con los hijos.
  • Efesios 4:32 - Sean buenos y compasivos los unos con los otros, y perdónense, así como Dios los perdonó a ustedes.
  • Colosenses 3:21  - Y ustedes, los padres, no deben hacer enojar a sus hijos, para que no se desanimen.
  • 1 Pedro 4:8 - Sobre todo, ámense los unos a los otros, porque el amor cubre multitud de pecados.

La paciencia, la misericordia y la verdad son lo más eficaz.

  • Proverbios 16:6 - El pecado se perdona cuando se ama de verdad; uno se aleja del mal cuando obedece a Dios.
  • Romanos 2:4 - Dios es muy bueno, y tiene mucha paciencia, y soporta todo lo malo que ustedes hacen. ... Dios los trata con bondad, para que se arrepientan de su maldad.
  • 1 Tesalonicenses 2:11-12  - A cada uno de ustedes lo hemos tratado como trata un padre a sus hijos. Los animamos, los consolamos, y también insistimos en que vivieran como deben vivir los que son de Dios.

Los padres tienen la obligación de educar a sus hijos y darles buen ejemplo.

  • Deuteronomio 4:9 - Jamás olviden todo lo que les ha pasado; al contrario, deben contárselo a sus hijos y nietos. 
  • Deuteronomio 6:6,7  - Apréndete de memoria todas las enseñanzas que hoy te he dado, y repítelas a tus hijos a todas horas y en todo lugar: cuando estés en tu casa o en el camino, y cuando te levantes o cuando te acuestes. 
  • Efesios 6:4 - Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos. Más bien edúquenlos y denles enseñanzas cristianas.

Se debe castigar a los hijos cuando lo precisen.

  • Proverbios 3:12 - Dios corrige a quienes ama, como corrige un padre a sus hijos.
  • Proverbios 19:18 - Corrige a tu hijo mientras aún pueda ser corregido.
  • Proverbios 29:17 - Corrige a tu hijo y te hará vivir tranquilo, y te dará muchas satisfacciones.

Una formación cristiana les servirá de guía toda la vida.

  • Salmo 37:31 -  Lleva en el corazón la enseñanza de su Dios; ¡jamás resbalarán sus pies!
  • Proverbios 6:20,22,23 - Hijo mío, guarda siempre en tu memoria los mandamientos y enseñanzas de tus padres. Te guiarán cuando andes de viaje, te protegerán cuando estés dormido, hablarán contigo cuando despiertes. En verdad, los mandamientos y las enseñanzas son una lámpara encendida; las correcciones y los consejos son el camino de la vida.
  • Proverbios 22:6 - Dale buena educación al niño de hoy, y el viejo de mañana jamás la abandonará.
  • Juan 10:27,28 - Mis ovejas reconocen mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna, y jamás perecerán ni nadie me las quitará.
  • 2 Timoteo 3:15 - Recuerda que desde niño has leído la Biblia, y que sus enseñanzas pueden hacerte sabio, para que aprendas a confiar más en Jesucristo y así seas salvo.

Basado en un articulo en la revista Conéctate. Foto gentileza de photostock/freedigitalphotos.net
 

consejos y recursos para padres y educadores