De Jesús, con cariño - Palabras de ánimo para los padres de un niño enfermo Observar que un hijo sufre una enfermedad, por lo general es mucho más difícil que soportar una enfermedad en nuestro propio cuerpo. Cuando enfrentes una situación así, recuerda que puedo sacar belleza y propósito hasta de las circunstancias más tristes o difíciles. Ya sea que un hijo tuyo tenga un fuerte resfriado o gripe, o que soporte una larga enfermedad, o que haya estado hospitalizado, velo por tu hijo. Amo a tu hijo, y todo lo hago bien. Si enfrentas un sufrimiento así, recuerda que Yo conozco a tu hijo mejor que nadie y que lo amo incluso con mayor profundidad e intensidad que tú. Estoy muy orgulloso de ti, porque esta gran dificultad en la vida de tu hijo la enfrentas con fe y confianza en Mí. Sé que no es fácil pasar por esta experiencia. Es desgarradora. Estoy muy orgulloso de que confíes en que te sacaré adelante, a pesar de lo difícil que es para ti y tu hijo en estos momentos. Te prometo que te sacaré adelante. Mis ángeles y Yo estamos a tu lado para dar paz, consuelo y gracia sobrenatural para mantenerte a flote. Envío olas de alivio y vislumbres de gracia y curación para tu hijo. En estas circunstancias y dificultades te bendigo con curación, alivio, esperanza, valor, fe y la senda a la victoria. Jamás permitiré que pases por algo que no puedas soportar. Jamás permitiré que tu hijo o hija pase por algo que no pueda aguantar. No dejaré de cumplir esa promesa en la vida de tu hijo o hija. Daré una salida. Todo pasa, hasta lo que parece que durará para siempre. Es fácil sentir que estoy distante de ti y de tu hijo cuando tu hijo está enfermo o sufre. Pero nada podría estar más lejos de la verdad. En esos momentos estoy más cerca de ti y de tu ser querido. Una de las cosas más difíciles en la vida es ver sufrir a un niño. Sin embargo, recuerda que Mis pequeñitos contemplan Mi rostro, y que al contemplarlo reciben fuerzas para aguantar. Sus espíritus son fuertes y con capacidad de recuperación, porque están cerca de Mí. Doy la gracia necesaria según el padecimiento, incluso a la corta edad de tu hijo. Doy Mi gracia a tu hijo cuando más la necesita. No dejo huérfanos a Mis hijos. Artículo gentileza de "La Familia Internacional".
Beth Jordan No sé si a todas las primerizas les sucede lo mismo, pero no hay nada que cautive más mi atención que mi pequeñita. Sus expresiones faciales, la vivacidad que se dibuja en sus ojos, su curiosidad... Casi cualquier cosa que hace la nena despierta mi amor maternal. Un día tomé conciencia de que Jesús abriga ese mismo amor incondicional por mí. Observando a Ashley sentadita en la cama, que me miraba con sus brillantes ojos azules y una sonrisa de oreja a oreja, me puse a pensar: «¿Cómo no voy a quererla? Claro, a los seis meses es más activa que un cachorrito. A veces arma un lío, se queja, se despierta en la noche pidiendo que le dé de comer cuando yo quiero dormir. Pero haga lo que haga, no hay nada que me pueda disuadir de amarla o de velar por ella». Entonces me acordé de que el día anterior me había sentido muy deprimida y lejos del Señor. Cometí tantos errores que me dio la sensación de que Jesús había dejado de amarme. Pero al mirar a los ojos a mi pequeñita, Él me habló. «¿Cómo podría dejar de amarte? ¿Por qué querría dejar de velar por ti? Eres la alegría de Mi corazón. Te amo. Eres mi pequeñita. Naturalmente, no eres perfecta, y a veces lo lías todo; pero esas cosas contribuyen a que aprendas y madures. Te quiero más y más cada día. No te preocupes: ¡siempre serás Mi pequeñita!» Gentileza de la revista Conéctate. Usado con permiso.
- De Jesús, con cariño
Todos los padres, de una u otra forma, en algún momento, se sienten incapaces. Parte del amor que tienen por sus hijos se traduce en el deseo de darles lo mejor de lo mejor, aunque ello les exija una entrega que rebase su capacidad natural.
Pero no hagas como muchos padres que cometen el error de pensar que deben asumir toda la carga por sí solos. De lo contrario, en poco tiempo te agotarás. Debes aprender a compartir la carga conmigo. De encontrarte en una situación en que no puedas dar a tus hijos todo lo que quieres día a día, facilítales lo que puedas y encomiéndame a Mí lo demás.
Lo más importante que puedes entregar a tus hijos es amor, el tuyo y el Mío. Si lo haces, tendrás niños felices y bien adaptados, y habrás cumplido bien tu labor. Mas para poder manifestar ese amor debes pasar tiempo conmigo, leyendo Mi Palabra, orando y reflexionando. Yo cuento con todas las fuerzas, la paz, la fe, el amor y las soluciones que necesitas. Amo a tus hijos y sé exactamente lo que precisan cada día. Anhelo satisfacer todas tus necesidades para que juntos podamos satisfacer las de ellos; pero para eso debes pasar tiempo conmigo.
Cuando te parece imposible dedicarme tiempo es precisamente cuando más falta te hace. Ven a Mis brazos; hallarás reposo. Echa tus cargas sobre Mí. Tengo los hombros bien anchos y los brazos bien fuertes; puedo soportar cualquier cosa que me eches encima. Hazte tiempo para tener comunión conmigo todos los días, y Yo responderé a tus plegarias por tus hijos. Haré que seas para ellos todo lo que quieres ser. Obraré lo que para ti sea imposible. Y por último, aunque no por ello menos importante, tus hijos verán en tu rostro nueva luz, pues me verán a Mí reflejado en él.
Gentileza de la revista Conéctate.
Maria FontaineComo madres cristianas, queremos dar a nuestros hijos un buen ejemplo de todo lo que es Jesús. Queremos asegurarnos de que nuestros hijos sean atendidos en todos los aspectos de su vida: que estén bien educados, que sus necesidades sean satisfechas, que aprendan habilidades sociales y que se les impartan buenos valores y se les enseñe a ser amables, amorosos y generosos. Queremos asegurarnos de que sean criados con una fe férrea, así como con principios y convicciones cristianos. Si hemos dirigido a nuestros hijos hacia Jesús e hicimos lo posible para que aprendieran a amarlo, en efecto, hemos llevado a cabo una gran labor. Me vino a la memoria el ejemplo de Susanna Wesley, una madre piadosa que vivió siglos atrás. Susanna Wesley es más conocida por ser la madre de Charles y John Wesley, los fundadores del metodismo. Del metodismo surgieron varias confesiones protestantes de la actualidad. Charles y John fueron incansables en cuanto a sus esfuerzos por predicar el Evangelio, lo que atribuyeron a la fe que les inculcó su madre. Jugaron un papel decisivo en el inicio de una época importante de un renacer religioso y labor misionera en la Inglaterra del siglo XVII, y que se divulgó a muchas partes del mundo. Aunque Susanna Wesley es más célebre por los logros de Charles y John, el mayor honor que Dios le confirió fue su gran determinación y fidelidad para criar a todos sus hijos en los caminos del Señor. Nunca vaciló en esa resolución, aunque la adversidad constantemente amenazó con agobiarla. Los detalles de las luchas, congojas y batallas de ustedes, pueden distar mucho de las que enfrentó Susanna Wesley. Sin embargo, sea cual sea el día o la dificultad, siempre es un desafío soportarlos y seguir fieles en la lucha de criar a sus hijos y atender a su familia al máximo de su capacidad. - La situación económica siempre fue un problema. Describió sus encuentros con los cobradores de deudas como «vivir con el lobo en la puerta».
- Dio a luz a diecinueve hijos. (¡Piensen en lo difícil que debe haber sido!)
- Murieron nueve de sus hijos; algunos en circunstancias muy trágicas.
- La casa se quemó dos veces. El granero se derrumbó.
- Los integrantes de su familia se vieron obligados a separarse unos de otros después de que su hogar quedó destruido.
- Tenía una salud frágil. A menudo debía guardar cama y encargarse de su casa dirigiéndola desde la cama.
- Toda la vida luchó contra las dudas.
- Dificultades en su matrimonio, con muchas discusiones y desacuerdos. El carácter de su esposo y la personalidad fuerte de ella resultaban en muchas discusiones.
- Un hermano desapareció en circunstancias misteriosas y jamás se volvió a saber de él.
- Tras un accidente, su esposo quedó débil y con mala salud por el resto de su vida.
- Por lo visto, algunos de sus hijos fueron muy díscolos, lo que le causó mucho sufrimiento.
- A su juicio, no era poseedora de grandes habilidades ni de grandes logros. Señaló: «Estoy contenta con llenar un pequeño espacio, si Dios es glorificado».
Sin embargo, el gran deseo de Susanna fue que el pequeño rebaño que ella dio a luz llegara a conocer y amar a Jesús y que hiciera algo para Dios. Ella escolarizó a todos sus hijos. A diario, antes de que empezaran los estudios académicos, dedicaban una hora a leer las Escrituras, a orar y a cantar Salmos. Nada hizo que Susanna desistiera de su propósito de poner en primer lugar el bienestar espiritual de sus hijos. A pesar de que no podía darles todas las cosas materiales que le habría gustado, les dio lo más importante. Muchas veces, todo lo que podía hacer era aferrarse a las promesas de Dios y negarse a dejar que las circunstancias le impidieran llevar a cabo la tarea que el Señor le había dado. Pese a los reveses, derrotas, congojas, pérdidas y batallas tanto físicas como espirituales, su fe y amor por el Señor y sus hijos la sacó adelante. A la larga, años después, vio algunos frutos de su fidelidad. Estoy segura de que vio mucho más al llegar a su hogar celestial. Lo mismo les ocurrirá a ustedes, si es que no ven los frutos en esta vida. Nada que den a sus hijos será desperdiciado.
Tendría unos seis años y era la viva imagen de la inocencia, con un precioso cabello castaño y el rostro cubierto de pecas. La madre vestía unos pantalones cortos color marrón claro, una blusa tejida de color azul y zapatos deportivos. Se notaba a la legua que era madre. Llovía a cántaros. El agua salía a borbotones por las canaletas de los tejados, con tal rapidez que casi ni tenía tiempo de bajar por los caños. Los sumideros del estacionamiento estaban llenos hasta el borde u obstruidos. Enormes charcos formaban lagos en torno a los vehículos. Un grupo de personas nos habíamos guarecido bajo el toldo o al interior de la tienda. Unos esperaban con paciencia; otros, estaban exasperados porque los elementos les habían complicado su ajetreado día. Siempre me ha fascinado la lluvia. Me extasío con el sonido de las gotas y viendo cómo las nubes lavan el polvo y la suciedad del mundo. Me acuden a la memoria los años de mi niñez, cuando corría y chapoteaba despreocupadamente. La ráfaga de recuerdos me hace olvidar por unos instantes las preocupaciones del día. Con su encantadora voz, la niña nos despertó del ensueño en que estábamos absortos: —Mamá, vamos a correr en la lluvia. —¿Cómo? —¡Vamos a correr en la lluvia! —repitió la chiquita. —No, mi cielo. Espera a que no llueva tan fuerte —contestó la madre. La niña esperó un momento y repitió: —Mamá, vamos a correr en la lluvia. —Quedaríamos empapadas —replicó la madre. —Pero, mamá, eso no fue lo que dijiste esta mañana —arguyó la chiquilla mientras le tiraba del brazo. —¿Esta mañana? ¿Cuándo dije que podríamos correr bajo la lluvia sin mojarnos? —¿No te acuerdas? Hablabas con papá del cáncer que tiene, ¡y le dijiste que si Dios puede hacer el milagro de curarlo puede hacer cualquier cosa! Sobre los presentes se hizo un silencio sepulcral. Solo se oía la lluvia. Nadie llegó ni se fue durante unos minutos mientras la madre reflexionaba para ver cómo responder a su hija. Algunos se habrían reído de la niña y le habrían regañado por decir algo tan tonto. Otros, quizá, no habrían hecho caso de lo que dijo. Pero aquel era un momento de afirmación en la vida de la niña. Era un momento en que la confianza inocente puede aumentar hasta convertirse en fe. —Tienes toda la razón, mi cielo —dijo por fin la madre—. Corramos bajo la lluvia. Si Dios permite que nos mojemos… será que necesitamos lavarnos. Y salieron disparadas hacia la lluvia. Todos nos quedamos observando, sonriendo y riendo mientras corrían entre los vehículos y los charcos con las bolsas de la compra sobre la cabeza. Quedaron empapadas. Pero las siguieron unos pocos riendo y gritando como niños en dirección a sus autos. Tal vez los inspiró la fe y confianza de la madre y la hija. Quiero creer que en algún momento de la vida la madre evocará aquellos instantes que pasaron juntas, y que las imágenes de las dos corriendo bajo la lluvia, como fotos de un álbum, quedaron grabadas como un grato recuerdo, convencidas de que Dios las protegería. Yo también corrí y me mojé. Me hacía falta lavarme. Autor anónimo. Imagen gentileza de Clare Bloomfield/FreeDigitalPhotos.net
Maria FontaineEs posible que la maternidad tenga sus altibajos, pero cuando prestamos atención a lo que de verdad es grande e importante, a lo que en este mundo es auténticamente genial, hay algo que la mayoría de las personas ponen en primer lugar, o que casi encabeza la lista de sus prioridades: que las madres son una maravilla. ¿Cómo se las arreglan las madres? ¿Cuál es el secreto de la aparentemente inacabable paciencia, fortaleza y amor que dan la impresión de resurgir una y otra vez, a pesar de lo que sea que les ocurra en la vida? Estas son cavilaciones acerca de las madres: lo que hacen las madres, lo que son y lo que las hace únicas.
- Lo que el corazón de una madre —que muchas veces ha sido quebrantado, hecho pedazos, reconstruido y vuelto a llenar hasta que rebose— entrega a un hijo, es la confianza en que, pase lo que pase, el hijo es apreciado, amado y siempre hay esperanza.
- Toda madre que ha dado de corazón a sus hijos, ha depositado una parte de sí misma —su vida, su compasión, su esperanza— en el corazón y espíritu de ellos por medio de su amor, paciencia y cuidados.
- Si te parece que tus faltas, defectos e imperfecciones han perjudicado a tus hijos, aunque los hayas amado y les hayas dado todo lo que te fue posible, tal vez quieras reflexionar en que aunque el amor de Dios por la humanidad sea grande, perfecto, sin mancha, eso no garantiza que nos convirtamos en seres perfectos, sin errores, defectos ni vicios. Pese a que como madre hayas desempeñado un magnífico trabajo, eso no garantizará que aquellos a quienes hayas dedicado tu vida lleguen a ser como quieres que sean. Sin embargo, hay algo seguro: tu mano amorosa en la vida de ellos —por medio del ejemplo, de la enseñanza, de cuidados y oración— siempre marca una diferencia para bien.
¿Y si nunca has dado a luz un hijo? Eres partícipe de la maternidad si has cuidado a un niño que te necesitaba. Has dejado impreso un poco de ti en esa persona.
- Las madres son un magnífico regalo que Dios entrega a cada niño y a este mundo.
- Cuesta ser madre. Cuesta la pérdida de la libertad de hacer lo que a una le place. Cuesta dar el primer lugar a tus hijos todos los días. Un escritor lo expresó así al escribir acerca de su madre: «Veo los sacrificios que hizo por mí y que aprisionó sus sueños para que los míos fueran libres».
El costo de la maternidad no es solo el de llevar el dolor y la tristeza propios, sino también los de aquellos que están a nuestro cuidado. Cuesta al combatir los temores de ellos, además de los propios, y preocuparse cuando los hijos caen vez tras vez. Cuesta al tratar de tener un poco más de fuerzas cuando una se encuentra agotada y, sin embargo, más son necesarias para levantar a quienes acuden a nosotros en busca de fortaleza. Cuesta cuando pareciera que ya no hay esperanza y de todos modos una sabe que no puede rendirse por amor a los hijos, y alberga esperanza contra todo pronóstico hasta que ve que ellos se han vuelto a levantar.
- El amor de madre es tan sobrenatural que no se puede explicar. Un poeta lo expresó así:
Está por encima de lo definible, desafía toda explicación; y no deja de ser un secreto como los misterios de la creación.
Un milagro que el hombre no puede entender en la tierra; otra prueba magnífica de la mano de Dios, guiadora y tierna.
- ¿Cuales son algunos de nuestros atributos y cualidades que influyen en nuestros hijos de manera positiva?
a. Amor incondicional por ellos y el prójimo. b. Equilibrar las normas de carácter moral con la compasión y la misericordia les enseña a perdonar y a ser tolerantes, unido a tener convicción cuando se trata de algo que es verdad y correcto. c. La oración, la fe y la confianza como parte integral de la relación que tenemos con nuestros hijos. d. El ejemplo que damos de manifestar confianza y fe en la manera en que reaccionamos a las cruces y penas, tanto nuestras como de otras personas. e. La capacidad de recuperación que demostramos cuando cometemos errores o fallamos, y la búsqueda de crecer debido a la experiencia, de modo que cuando nuestros hijos cometan errores puedan descubrir el propósito en esas equivocaciones, sin que tengan remordimientos excesivos. Cuando pensabas que yo no observaba, te vi que alimentabas a un gato perdido, y quise tratar bien a los animales.
Cuando pensabas que yo no observaba, vi que me preparabas mi pastel favorito, y supe que los detalles son importantes.
Cuando pensabas que yo no observaba, escuché que te desahogabas con Jesús, y supe que hay un Dios con el que podría hablar.
Cuando pensabas que yo no observaba, sentí que me dabas un beso de buenas noches, y sentí que alguien me amaba.
Cuando pensabas que yo no observaba, vi las lágrimas que derramabas, y aprendí que a veces hay cosas que duelen, pero que está bien llorar.
Cuando pensabas que yo no observaba, vi que te interesabas, y quise ser todo lo que pudiera llegar a ser.
Cuando pensabas que yo no observaba, vi que reaccionabas con gentileza ante las dificultades de la vida, y vi que podía hacer lo mismo y tener alegría de todos modos.
Cuando pensabas que yo no observaba, vi que perdonabas una y otra vez, y aprendí el valor que tiene el perdón.
Cuando pensabas que yo no observaba, oí que orabas por mí, y aprendí a orar.
Cuando pensabas que yo no observaba, vi que te sacrificabas a fin de dar a los demás, y aprendí que, en efecto, al dar uno se beneficia.
Cuando pensabas que yo no observaba, vi que curabas heridas y contribuías a que atenuaran temores, y ahora sé cómo hacer eso mismo a los demás.
Cuando pensabas que yo no observaba, aprendí mucho sobre cómo amar y brindar generosidad, y ahora esas enseñanzas me traen bendiciones a diario.
Cuando pensabas que yo no observaba, vi que en muchas ocasiones diste amor y te sacrificaste, y me di cuenta de que eres una prueba de la existencia de Dios.
Cuando pensabas que yo no observaba, sí miraba… y quiero darte gracias por todo lo que vi,
cuando pensabas que yo no observaba.
Jessica Roberts
Es el final de una larga jornada de cuidar de niños enfermos. No son hijos míos. Son de un matrimonio que, por razones de trabajo, tienen muchas veces que atender a necesidades ajenas y sacrificar algo del tiempo en que podrían estar con sus hijos. Soy la maestra de los niños. Por lo general, me encanta sustituir a los padres, pero esta semana no me hizo mucha gracia.
—Estoy agotada, estresada —me quejé—. Me he atrasado en el lavado de los platos y la ropa. Para colmo, me perdí un paseo por la playa con mis amigos para hacerme cargo de un montón de niños que tosen, se sorben los mocos y lloriquean. Ellos duermen la siesta al mediodía, mientras que yo tengo todavía un día trabajo por delante. Hace varios días que no duermo lo suficiente. No tengo que hacer esto. No soy su madre. Las madres tienen paciencia, abnegación y un amor incondicional por sus hijos para aguantar tanto. Yo no. ¡Estos niños están volviéndome loca!
Un crujido en los escalones me avisó que alguien se había despertado. Era Susi, de dos años.
—¿Qué necesitas, Susana?
Se quedó callada por medio segundo. Luego, corrió hacia mí y me echó los brazos al cuello.
—¡Te quiero! —dijo bajito.
Acto seguido se dio la vuelta y corrió de nuevo a acostarse.
Oigo a Martín, de cuatro años. Voy a verlo. Abre un ojo y me dice entre dientes y medio dormido:
—¡Eres la más mejor de las profesoras!
Tiene una sonrisa tan angelical cuando lo dice…
Pienso en esas criaturas sinceras que me han adoptado. Recuerdo las risas, los abrazos, los descubrimientos que hemos hecho juntos.
De repente, ya no me siento tan cansada. Recuerdo lo que dijo Jesús de amar a la gente menuda: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos Mis hermanos más pequeños, a Mí lo hicisteis» (Mateo 25:40).
¡Va a ser un día inolvidable! Seguro que encuentro una forma de llevar la alegría a un cuarto lleno de enfermos. Y cuando llegue esa hora antes de la cena en que están cansados y de mal humor, pediré al Señor más de Su amor incondicional y le daré gracias por la bendición que es cuidar de estos niños.
© La Familia Internacional
Peggy Porter
Mi hijo Gilbert tenía ocho años y llevaba poco tiempo con los lobatos scouts. En una reunión le entregaron un papel con instrucciones, un bloque de madera y cuatro neumáticos, y le dijeron que volviera a casa y se los entregara a su padre.
No fue una tarea fácil para él. A Papá no le hacía mucha gracia aquello de realizar actividades con su hijo. Gilbert, sin embargo, lo intentó. Papá, que leía el periódico en ese momento, desdeñó la idea de construir en compañía de su ansioso hijo menor un coche de carreras con un bloque de madera.
El bloque de madera de pino quedó intacto durante semanas. Por fin, la madre -yo- intervino para ver si descubría la manera de hacerlo. Empezó la construcción. Como no tenía conocimientos de carpintería, llegué a la conclusión de que lo mejor sería leer las instrucciones y dejar que lo hiciera Gilbert. Y lo hizo.
A los pocos días, su bloque de madera iba convirtiéndose en un auto de carreras. Un poco torcido, pero le estaba quedando fantástico (al menos desde la perspectiva de mamá). Gilbert no había visto ninguno de los de los otros niños y estaba muy orgulloso del suyo, al que bautizó como Relámpago Azul; era el orgullo que se siente al saber que se ha hecho algo sin ayuda.
Entonces llegó la gran noche. Con su coche de madera azul y el orgullo en el alma se dirigió a la gran carrera. Una vez allí, el orgullo de mi hijo quedó rebajado. Estaba claro que el auto de Gilbert era el único construido en su totalidad por un niño. Todos los demás los había hecho un padre con su hijo, estaban pintados de manera atractiva y tenían una carrocería de líneas aerodinámicas. Unos cuantos niños soltaron risitas tontas al ver el torcido y bamboleante vehículo de Gilbert.
Para más inri, Gilbert era el único niño sin un hombre a su lado. Dos chicos de hogares monoparentales por lo menos tenían a su lado a un tío o un abuelo. Gilbert estaba acompañado únicamente de su madre.
La carrera se hizo por eliminación. Se seguía en la carrera en tanto que se ganara. Uno tras otro, descendían los coches por una rampa muy pulida. Al final, quedaron el de Gilbert y el que tenía el diseño más aerodinánico y elegante. Cuando estaba a punto de comenzar la última carrera, mi hijo de ocho años, tímido e inocente, preguntó si podían esperar un momento antes de empezar porque quería orar. Todos esperaron.
Gilbert se arrodilló mientras asía su extraño bloque de madera. Arqueó una ceja mientras hablaba con Dios, y rogó con fervor durante un minuto y medio que parecieron eternos. Cuando hubo acabado, se puso de pie con una sonrisa y anunció: «Estoy listo».
Mientras el público animaba a los corredores, un niño que se llama Tommy estuvo de pie junto a su padre mientras su auto bajaba a toda velocidad por la rampa. Gilbert se quedó de pie -su Padre lo acompañaba en el interior de su corazón- y observaba cómo su bloque se bamboleaba bajando por la rampa con una velocidad sorprendente. Llegó a la meta una fracción de segundo antes que el de Tommy. Gilbert dio un salto mientras exclamaba: «¡Gracias!», y la multitud lo vitoreaba a voz en cuello.
El viejo lobo o jefe del grupo scout se acercó a Gilbert, micrófono en mano, y formuló la pregunta obvia:
-Oraste para ganar, ¿verdad, Gilbert?
-No -repuso mi hijo-. No sería justo pedir a Dios que me ayudara a derrotar a otro niño. Le pedí que me ayudara a no llorar si perdía.
Pues sí, aquella noche Gilbert resultó ganador, y además lo acompañaba su Padre.
Para un niño no hay en todo el mundo nadie más hermoso que su madre. Los niños pequeños no conceptúan a su mamá según su apego a la moda, su buen gusto por las joyas, su cabello o sus uñas perfectas. Tampoco notan las estrías ni las canas. Su mentecita no advierte ninguna de esas cosas que suelen afectar la percepción y las expectativas de las personas mayores con relación a la belleza física. Por eso son en realidad mejores jueces de lo que hace verdaderamente bella a una mujer.
¿Dónde encuentran los niños la belleza? En los ojos que se enorgullecen de lo que ellos logran, en los labios que los instruyen y les infunden ánimo, en los besos que hacen soportables los pequeños dolores, en la voz tranquilizadora que los vuelve a dormir después de una pesadilla, en el amor que los envuelve en un cálido y tierno abrazo.
¿De dónde proviene esa belleza? La maternidad conlleva sacrificios, pero esos sacrificios conducen a la humildad, la humildad se adorna de gracia, y la gracia otorga verdadera belleza. Una madre que se entrega a sus hijos encarna la vida, el amor y la pureza. De esa manera llega a ser un reflejo del amor que tiene Dios por Sus hijos. Por eso estoy convencida que nada hace más bella a una mujer que la maternidad. – Saskia Smith
En la mano que mece la cuna está el destino del mundo
¡Qué tarea tan importante la de una madre! Las madres de la siguiente generación son las que moldean el futuro. Puede decirse que la maternidad es la vocación más sublime del mundo. Aunque cuidar de un bebé no siempre parezca muy importante, no lo tengas en poco. Sabe Dios la influencia que puede ejercer ese niño algún día en la vida de muchas personas.
Ese espíritu abnegado que lleva a las madres a sacrificar su tiempo, sus fuerzas y hasta su propia salud por el bien de sus hijos es lo que las hace maravillosas. Cualquier mujer puede tener un hijo, pero hay que ser una madre de verdad para «instruir al niño en su camino» (Proverbios 22:6). – D.B. Berg
Gentileza de la revista Conectate. Usado con permiso.
Greg LucasLa tragedia de la discapacidad no es la discapacidad en sí, sino el aislamiento que a menudo conlleva. Es una de las mayores lecciones que tuvimos que aprender como familia. Desafortunadamente, tuvimos que aprenderla a las malas. Pero las enseñanzas más difíciles por lo general conducen a una mayor comprensión y en los últimos años tuvimos la maravillosa oportunidad de crecer en sabiduría al aprender de diversas familias de varias comunidades. Si bien aún queda mucho por descubrir al respecto, a continuación enumeramos 7 premisas útiles extraídas de la comunidad de los discapacitados, las cuales han tenido un profundo impacto en nuestra familia. 1. Dios es soberano y bueno a la vez.
Cuando se nos entrega un niño con una grave discapacidad, es imprescindible que podamos ver en él la mano y obra de un Dios soberano en el seno de nuestra familia. Las Escrituras establecen que ese niño no es producto de un accidente ni es una tragedia, sino que fue maravillosamente formado a propósito y conforme a un diseño del plan de Dios desde la fundación de la tierra (Salmos 139:13–17; Efesios 1:3–12). La discapacidad no es una maldición; es la bondad y la gracia de Dios ampliadas de formas que muchas familias convencionales nunca llegan a conocer. 2. Hay una razón por la cual uno forma parte de una comunidad así.
Hasta que empecé a compartir nuestras experiencias, me resultó muy difícil darme cuenta del propósito y posibilidades del sufrimiento y tribulaciones de nuestra familia. 2 Corintios 1:3–7 cobró vida para nosotros durante esa época. El sufrimiento nos conduce a la íntima presencia de Dios donde tiene lugar el más dulce de los consuelos. Pero no se nos consuela para estar cómodos; se nos consuela para que seamos consoladores. Cada episodio de nuestra experiencia como familia en torno a la discapacidad fue una muestra de la gracia de Dios para que la compartiéramos con aquellos que necesitan con urgencia Su consolación. 3. La discapacidad amplía nuestra perspectiva del gozo por las cosas insignificantes.
La mayoría de las familias que conviven con la discapacidad les dirán que algunas de sus mayores victorias fueron momentos que la mayoría de las familias comunes y corrientes dan por sentado. Recuerdo la primera vez que nuestro hijo pudo utilizar el baño en un establecimiento público (tenía 17 años). Acabábamos de entrar a Walmart y Jake me tomó de la mano y me llevó a los baños para hombres. Se bajó los pantalones y trató de orinar en el inodoro. La dirección le falló por completo; se orinó sobre la tapa, el piso, la pared y el cubículo. ¡Pero no se orinó en los pantalones! Nos pusimos a reír, aplaudir, gritar y a alabar a Dios en un cubículo todo orinado de un baño de un Walmart. La mayoría de las personas no llega a entender la enormidad de aquella victoria, pero la discapacidad a menudo nos permite ver cosas que los demás no pueden ver. Es un don maravilloso. 4. La comunidad nos aporta una muy necesaria objetividad.
Como mencioné anteriormente, el peligro de la discapacidad es el aislamiento. El peligro del aislamiento es la idolatría (así es, nuestros hijos discapacitados pueden convertirse en ídolos). La bendición de la comunidad es que nos aporta objetividad. Todos necesitamos ser objetivos para no caer en la autocompasión y el egocentrismo. Justo cuando uno empieza a pensar que nadie sufre mayores penurias que las de la familia de uno, se topa con una madre soltera con un par de mellizos con grave autismo. Y justo cuando la madre soltera piensa que no puede seguir adelante, se encuentra con una abuela que trata de criar a una niña de 10 años que tiene síndrome de alcohol fetal. La abuela de pronto ve una pareja joven que trata de alimentar en medio de episodios compulsivos con un tubo a un niño que no responde. Estas familias están aprendiendo de las demás algo tremendamente valioso: La objetividad redirecciona nuestro enfoque introspectivo hacia la comunidad externa. Y al interior de la comunidad, la discapacidad se convierte en un ministerio. 5. Los hombres que son abiertamente francos por lo general son minoría.
Aunque no siempre es así, a menudo en lo que respecta al liderazgo de la familia, las mujeres son las defensoras más prominentes de sus hijos discapacitados. La tenacidad de una madre parece ser la reacción más natural ante dicha condición en un hijo (más les vale no meterse con «Mamá oso»), pero cuando dicha tenacidad proviene de un padre indiferente o desilusionado, puede dar lugar a una debilidad desigual dentro de la estructura familiar. Una familia que convive con la discapacidad necesita de un padre que sea confiable. Dicha confiabilidad a menudo se cultiva y fortalece a través de otros hombres masculinos dentro de la comunidad de personas discapacitadas. 6. Cuando el matrimonio le cede la prioridad a la discapacidad, termina en el último lugar.
Como reza el dicho: «La mejor manera de amar a tus hijos es amando a tu mujer». Aunque muy pocas parejas admiten que niegan esta verdad en principio, muchos lo hacen en la práctica. Las buenas intenciones, a menos que exista una inquebrantable voluntad para aplicar este principio, deterioran el matrimonio. El incesante cuidado de un niño con discapacidad, sumado al cuidado de otros niños del hogar que no las tienen, además de las horas extras que hay que trabajar para atender el pago de cuentas médicas y terapéuticas, sumado al estrés, la depresión y la fatiga, no contribuyen al mantenimiento del matrimonio. Un matrimonio al que no se le hace mantenimiento es como un carro que tiene una fuga de aceite. Tarde o temprano los cilindros ceden, el motor se funde y el daño causado es irreversible. Hagan todo lo que puedan para encontrar espacios en medio de su apretada agenda para pasar ratos de calidad con el cónyuge. Esposos: no esperen a que sus esposas se lo soliciten; tomen la iniciativa. Puede ser algo tan complejo como planificar un momento de respiro mediante una cita cada dos semanas, o tan sencillo como finalizar cada jornada sentados en el sofá riéndose (o llorando) mientras pasan revista a los acontecimientos del día. Aparte de los momentos de intimidad con el Señor y Su Palabra, es lo más eficaz que pueden hacer para evitar que la familia se convierta en la lamentable estadística alternativa. 7. Los niños que tienen un hermano discapacitado de ninguna forma son comunes y corrientes. Cuanto más tiempo paso con niños que tienen hermanos discapacitados, más me doy cuenta de que no son comunes y corrientes. He podido observar con asombro a hermanos y hermanas de niños discapacitados afrontando situaciones difíciles con un heroísmo que rivaliza con el de soldados, bomberos y policías. He visto a adolescentes torpes y retrasados descubrir el don y vocación maravillosos de estos chicos como cuidadores compasivos. Y muchas veces cuando empecé a sentir lástima por uno de esos niños sin discapacidad pude sentir el suave regaño del Señor que me decía: «Presta atención. Estoy haciendo algo increíble en la vida de este chico al convertirlo en la imagen de Mi Hijo.» No hay colegio —público o privado— que pueda impartir las lecciones de vida que se aprenden en la escuela de la discapacidad. Puedo afirmar sin lugar a dudas que mis hijos llegarán a ser mejores hombres gracias a su relación con su hermano discapacitado. La convivencia con Jake no solo los ha preparado para las más duras pruebas, sino que les ha permitido adquirir una profunda sensibilidad para reconocer la mano intencional de Dios en los detalles más pequeños de la vida. ¡Qué don más extraordinario ha sido su hermano! Estas enseñanzas están lejos de ser exhaustivas. Se siguen dando y desarrollando a nuestro alrededor. La apremiante búsqueda y el lozano descubrimiento de cada perla de sabiduría fortalecen nuestra familia y nos permiten verterla sobre la vida de los demás. Si están leyendo este artículo y son nuevos en la comunidad de los discapacitados, ¡bienvenidos a la familia! Es una jornada maravillosa, gloriosa, impresionante, que les abrirá los ojos a las cosas más preciadas de la vida a medida que se acercan cada vez más a la verdad más preciada durante la eternidad. Tomado de http://sheepdogger.blogspot.com/2012/02/7-lessons-from-community-of-disability.html.
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