Consejos para Padres
 
Basado en los escritos de David Brandt Berg


La clave para criar niños felices, bien adaptados y de buen comportamiento es en realidad bastante simple: el amor. Lo que no siempre es tan simple ni fácil es saber cómo aplicar ese  amor. A   continuación reproducimos diez consejos que sin duda te serán de utilidad.

1. Lleva a tus hijos a aceptar a Jesús. Hay veces en que el amor natural que Dios te ha dado por tus hijos no  basta para satisfacer sus necesidades. Les hace falta su propia conexión con la fuente del amor —Dios mismo—, y esa conexión la consiguen aceptando a Jesús.

Establecer un vínculo con Jesús es tan sencillo que hasta los niños de dos años son capaces de hacerlo. Basta con que les expliques que si le piden que entre en su corazón, Él se convertirá en su mejor Amigo, los perdonará cuando se porten mal y los ayudará a portarse bien. Luego enséñales a hacer una oración como esta: «Jesús, perdóname por portarme mal a veces. Entra en mi corazón y sé mi mejor Amigo para siempre. Amén».

2. Transmíteles la Palabra de Dios. ¿Qué podría ser más beneficioso para tus hijos que  enseñarles a hallar fe, inspiración, orientación y respuestas a sus interrogantes y problemas en la Palabra? «La fe viene por el oír la Palabra de Dios» (Romanos 10:17). La lectura diaria de la Palabra es clave para  progresar espiritualmente. Eso es válido a cualquier edad.

Si tus hijos son bastante pequeños, puedes empezar por leerles una Biblia para niños o libros de Historia Sagrada, o viendo con ellos videos basados en la Biblia y explicándoles lo que sea necesario. Sé constante y hazlo divertido. En poco tiempo tus hijos estarán «sobreedificados en [Jesús] y confirmados en la fe» (Colosenses 2:7). Así habrá menos probabilidades de que se descarríen a causa de influencias malsanas o de que busquen respuestas en otros sitios, pues su vida estará fundamentada en el cimiento sólido de la
Palabra de Dios.

3. Enséñales a actuar motivados por el amor. Dios quiere que todos obremos bien, no por temor al castigo, sino porque lo amamos y amamos al prójimo. Si tus hijos han aceptado a Jesús y les has enseñado a amarlo y respetarlo, y a amar y respetar a los demás, y vas reforzando esos principios, con el   tiempo aprenderán a tener esa motivación.

Desde muy temprana edad puedes enseñarles a practicar el amor siendo desinteresados y considerados con los sentimientos y necesidades ajenos. Jesús lo resumió en Mateo 7:12, en lo que se conoce como la Regla de Oro. La siguiente paráfrasis es un estupendo punto de partida para enseñar a los pequeñitos a tener el amor por motivación: «Trata a los demás como te gustaría que te trataran».

4. Promueve una comunicación franca y sincera. Si tus hijos saben que vas a reaccionar con calma y con amor pase lo que pase, es mucho más fácil que te confíen sus intimidades.  Si cultivas una relación de confianza y entendimiento mutuo cuando todavía son pequeños, es mucho más probable que mantengan abierta esa línea de comunicación cuando lleguen a la preadolescencia y la adolescencia, período en que sus emociones y problemas se vuelven mucho más complejos.

5. Ponte en su lugar. Procura relacionarte con tus hijos a su nivel y no esperar demasiado de ellos. Recuerda también que la gente menuda suele ser más sensible que las personas mayores, así que es importante tener mucha consideración con sus sentimientos. Todos sabemos lo descorazonador que es que nos pongan en situaciones embarazosas, que nos ofendan o nos denigren. Si tomamos conciencia de que esas experiencias desagradables pueden ser aún más traumáticas para los niños, haremos todo lo posible por evitarles ese tipo de incidentes.

6. Da buen ejemplo. Sé el mejor modelo de conducta que puedas, pero sin pretender haber alcanzado la perfección. Manifiéstales amor, aceptación, paciencia y perdón, y esfuérzate por practicar las demás virtudes y por vivir  conforme a los valores que quieres enseñarles.

7. Establece reglas razonables de conducta. Los niños son más felices cuando saben cuáles son los límites, y  esos límites se hacen respetar sistemáticamente, con amor. Un niño malcriado, caprichoso e  irresponsable se convierte en un adulto igualmente malcriado, caprichoso  e irresponsable. Es, pues, importante que aprenda a responsabilizarse de sus actos. La meta de la disciplina es la autodisciplina, sin la cual un niño se ve en franca desventaja en el colegio, y posteriormente en el trabajo y en la sociedad.

Uno de los mejores métodos para establecer reglas es conseguir que los niños mismos ayuden a fijarlas, o al menos que las acepten de buen grado. Requiere  más tiempo y paciencia enseñarles a tomar buenas decisiones que castigarlos por decidir mal, pero a la larga es más eficaz.

8. Prodígales elogios y aliento. A los niños les pasa lo que a todos: los elogios y el aprecio los motivan a  hacer enormes progresos. Cultiva su autoestima elogiándolos sincera y constantemente por sus buenas cualidades y  sus logros. Recuerda también que es más importante y da mucho mejor resultado elogiarlos por su buen comportamiento que regañarlos cuando se portan mal. Si te propones hacer siempre hincapié en lo positivo, tus hijos se sentirán más amados y seguros.

9. Ámalos incondicionalmente. Dios nunca se da por vencido con nosotros ni deja de amarnos por mucho  que nos descarriemos. Así también quiere Él que seamos con nuestros hijos.

10. Reza por ellos. Por mucho que te esfuerces y por muy bien que hagas todo lo demás, te verás en situaciones que escapan a tu control o que requieren más de lo  que tú puedes aportar. Sin  embargo, nada escapa al control de Dios ni supera Su capacidad. Echa mano de Sus ilimitados recursos por medio de la oración. Él conoce todas las soluciones y puede satisfacer toda necesidad. «Pedid, y se os dará» (Mateo 7:7). «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto» (Santiago 1:17).

¡Que lo disfrutes!

Gentileza de la revista Conéctate. Usado con permiso.
 
 
Mi hijo mayor se ha rebelado contra casi todas las reglas de la casa.  Ya lleva meses así, y cada vez se me hace más difícil entablar comunicación con él y llegar a la raíz de su mal comportamiento. ¡Estoy que no aguanto más! ¿Qué puedo hacer para corregir su conducta?

Cuando un niño se porta mal en forma reiterada y grave, normalmente hay una causa subyacente. Quizá se sienta inseguro, y se porta mal para llamar la atención, para que le demuestren cariño y le dediquen tiempo.

Quizás está molesto por algo que sucedió en el colegio. A lo mejor está poniendo a  prueba los límites que le has fijado y quiere ver si vas a cumplir tu palabra. Quizá  piensa que ya tiene edad para tomar decisiones independientemente, y no entiende la finalidad de algunas de tus reglas. Tal vez sea hora de cambiar unas cuantas a fin de darle más espacio para crecer.

En cualquier caso, es importante averiguar por qué se porta mal y determinar qué puede hacerse para ayudarlo a entrar otra vez en vereda. La mayoría de los problemas no desaparecen por sí solos, y el niño generalmente no está capacitado para hacerles frente por su cuenta. Muchas veces ni sabe lo que le pasa. Precisa el amor y la orientación de su padre o su madre. La mejor forma de averiguar qué necesita un niño con trastornos conductuales y cómo ayudarlo —en realidad, la única forma— es pedir al Señor que te lo indique. Además de contar con el amor del Señor, el medio más importante para realizar eficazmente nuestra labor de padres es aprender a pedirle a Él las soluciones a nuestros problemas. Jesús siempre tiene la respuesta que necesitamos. A la hora de cumplir con nuestras obligaciones parentales, contar con el consejo divino  nos alivia gran parte de la carga. Sabemos que siempre podemos acudir a Él en  oración, que nos hablará al corazón y nos dará la orientación y las soluciones que necesitamos.

Si tu hijo está pasando por una etapa difícil que pone a prueba tu paciencia, pídele ayuda a Jesús. Comparte con Él tu carga; Él tiene muchísima paciencia. En vista de que es muy paciente con nuestras faltas y errores, podemos estar seguros de que nos ayudará a tener paciencia con los defectos e imperfecciones de nuestros hijos.  Cuando sientas que ya no das más, pide a Jesús que te dé Su amor y paciencia. Su Espíritu te dará serenidad, te indicará la solución, te ayudará a capear las dificultades que puedan surgir, y te asistirá para que puedas brindar a tus hijos ese mismo amor  y apoyo que Él te brinda.

Tomada del libro "La formación de los niños," de Derek y Michelle Brooks, editado por Aurora Production.
Foto gentileza de David Castillo Dominici/Freedigitalphotos.net
 
 
Jessica Roberts

En plena clase de matemáticas, uno de mi alumnos de segundo grado hizo una afirmación que me dejó perpleja:

-¡Dios no existe!

Dado que se trata de un colegio cristiano y que Martín es hijo de un pastor, no entendía cómo había llegado repentinamente a esa conclusión en mi clase. Cuando se lo pregunté, exclamó:

-Mi papá dice que está Dios, está Jesús y está el Espíritu Santo; pero a la vez dice que hay un solo Dios. No tiene sentido.

¿Qué hacer? Estaba segura de que antes de Martín otros grandes pensadores habían examinado la cuestión de la Santísima Trinidad y se habían topado con el mismo dilema. En ese momento, sin embargo, yo prefería seguir adelante con las multiplicaciones.

-Martín, estamos en clase de matemáticas. Podemos hablar de ese tema después.

-Es que es un problema matemático  -replicó el chiquillo-. No es lo mismo tres que uno.

¿Qué padre o docente no ha sufrido una emboscada de ese tipo? De la boca de los niños surgen difíciles interrogantes. He aprendido que lo mejor que puedo hacer en esos casos es pedirle a Dios que me dé buen tino, pues lo que yo podría interpretar como altanería o ganas del niño de llevar la contraria bien pudiera ser curiosidad inspirada por Dios y además una extraordinaria oportunidad de transmitirle una valiosa enseñanza. La verdad es que no me sentía muy preparada para presentar el concepto teológico de la Trinidad a Martín y sus compañeros de curso.

Sonó el timbre del recreo. ¡Estaba salvada!

Los diez minutos siguientes, mientras los niños jugaban, los dediqué a orar. Y me vino una respuesta. Era un poco simplista, y probablemente no hubiera sido la explicación que habrían dado San Agustín u otros pensadores cristianos. Pero resultó satisfactoria para Martín y los demás cuando reanudamos la clase de matemáticas.

-La Biblia llama a Jesús la Rosa de Sarón -les dije-. Dios es como quien dice la raíz del rosal. Aunque está oculto, de Él procede la rosa. Jesús es la flor, la parte más vistosa del amor de Dios, la parte que vemos y percibimos. El Espíritu Santo es la savia que fluye por el rosal y lo mantiene vivo. Aunque tiene tres aspectos, el rosal es uno solo. ¿Entienden?

Me imagino que Martín planteará preguntas más difíciles en el futuro, y huelga decir que yo misma tengo muchos interrogantes. Menos mal que Dios siempre nos responde cuando le planteamos algo con sinceridad. Puede que nos dé una explicación sencilla y directa, como la que me indicó para Martín, o una que sea más compleja. Otras veces simplemente nos da paz para aceptar lo que aún no entendemos.

Gentileza de la revista Conéctate. Usado con permiso.
 
 
Últimamente mis hijos se han vuelto bastante irrespetuosos. Parece que cuando trato de corregir la situación sólo consigo empeorarla. ¿Qué me aconsejan?

El primer paso para corregir esa mala conducta es afrontar la cruda realidad de que la culpa de que se encuentren en ese estado es en parte tuya. Como suele suceder con la mayoría de los problemas, tienes que empezar por examinar tus propias acciones y actitudes y proponerte cambiar en los aspectos que sean precisos.

Si bien por naturaleza los niños cuestionan más las cosas cuando se ponen un
poco mayores y necesitan más explicaciones, la falta de respeto y la desobediencia
descarada normalmente se deben a un exceso de indulgencia, pues ésta les enseña a manipular a sus padres en lugar de respetarlos. La solución es ser más firme. Sin embargo, por lo general del dicho al hecho hay mucho trecho, porque esa conducta inaceptable se ha convertido en un mal hábito y porque en el momento probablemente consideraste válidos tus motivos para actuar de determinada manera —tu amor por los niños y tu deseo de verlos felices—.

En efecto, esos motivos eran válidos; pero si los resultados fueron negativos es que tal expresión de amor no fue la adecuada para la situación. La fi rmeza también es una expresión de amor, y en algunos casos, la mejor. Normalmente los niños piensan en lo que los hará felices a corto plazo. De modo que los padres tienen que asumir la obligación de juzgar lo que a la larga será mejor para los pequeños, lo cual en muchos casos entraña decir que no.

Después de eso, es importante que tengas las cosas claras en tu fuero interno. Tienes que saber exactamente qué conductas son aceptables y cuáles no. Para persuadir a tus hijos de que es preciso cambiar ciertas cosas, hace falta que tú tengas un convencimiento profundo.

A la hora de establecer las reglas que a tu juicio hacen falta, obtendrás mejores resultados si las debates con tus hijos, razonas con ellos y tratas de obtener su colaboración que si simplemente impones la ley y exiges su respeto. El hecho de conversar el asunto con ellos —escuchando sus puntos de vista, mostrándote flexible
y haciendo algunas modifi caciones si es necesario— evidenciará el respeto que les
tienes. Lo más probable es que te correspondan a ese respeto, y ese es el primer paso en la buena dirección.

La forma en que les expliques las cosas dependerá de su edad y su madurez. Comienza reconociendo que la culpa es en parte tuya y explica por qué es necesario el cambio. «Como no le puse coto al asunto de entrada, se han habituado a contestar mal y faltarme al respeto. Eso tiene que cambiar. No es un comportamiento aceptable en un hogar como el nuestro, en el que queremos que reine el amor». Deja bien claro cuáles son las reglas y también cuáles serán las consecuencias si no las observan. «Si contestan mal o me faltan al respeto, se quedarán sin esto o sin lo otro». No dudes en cumplir todas las veces lo que les has advertido; de otro modo, tus reglas serán inútiles. Promételes no sólo castigos, sino también premios por portarse bien. «En cuanto se enmienden recuperarán sus privilegios, y tal vez incluso les daré algo más». Termina la conversación en una nota positiva.

Recuerda que no sólo aspiras a modificar una conducta; te propones corregir la actitud que dio lugar a esa mala conducta y cultivar buenos hábitos en sustitución de los malos. Eso toma tiempo. El secreto es la oración, la constancia y la firmeza templada con amor. Comprométanse a cambiar juntos y esfuércense hasta lograrlo.


Gentileza de la revista Conéctate. Usado con permiso.
 
 
Misty Kay

Daniel y yo vivimos con nuestros cuatro hijos en el décimo tercer piso de un edificio en la ciudad de Taichung, en Taiwán. Huelga decir que el ascensor forma parte de nuestra vida cotidiana.

Había sido un típico día ajetreado. Había dedicado la mayor parte de mi tiempo y energías a entretener a los niños, darles de comer y evitar riñas entre ellos. Habíamos salido todos juntos —ni siquiera recuerdo para qué— y ya regresábamos a casa. Entramos al ascensor vacío, y uno de los niños apretó el botón. Se encendió el número 13 en el panel, y las puertas se cerraron.

—Niños, mamá y yo tenemos un importante anuncio — declaró mi marido en un tono que captó enseguida la atención de todos.

Yo no tenía ni idea de lo que iba a decir. Daniel es una persona espontánea. Siempre saca sorpresas de la manga, y nunca se sabe qué esperar de él. Por impulso, decidí enseguida acoplarme a su iniciativa y puse mi brazo en el suyo para agregar autoridad a lo que fuera a decir.

—Mamá y yo queremos que sepan que al cabo de catorce años de matrimonio todavía estamos total y absolutamente enamorados. Entonces se volvió hacia mí y me besó como novio en ceremonia nupcial.

Aquel gesto me tomó completamente desprevenida.

Los niños se rieron un poco y luego preguntaron: —Y ¿por qué ese anuncio es tan importante?

Daniel respondió que con tantos conflictos matrimoniales y tantos divorcios como hay hoy en día en el mundo, los niños necesitan saber que sus padres se aman. En ese momento miró a nuestro hijo a los ojos y le dijo: —El día de mañana, cuando te cases, debes tratar bien a tu mujer.

El timbre anunció el arribo al piso trece, y se abrieron las puertas del ascensor. Cuando entramos al departamento, los niños seguían chachareando y riéndose. Daniel y yo nos retiramos a nuestra habitación para disfrutar de unos momentos íntimos.

En los 36 segundos transcurridos entre la planta baja y el piso 13, Daniel nos unió como familia, nos hizo sonreír, le pasó a nuestro hijo una enseñanza para toda la vida e hizo que yo me sintiera de maravilla de pies a cabeza.  


Gentileza de la revista Conectate. Usado con permiso. 
 
 
La buena comunicación con cualquier persona - con tu cónyuge, tu jefe, tus compañeros de trabajo, tus hijos, tus padres o tus amigos - depende de unos pocos principios fundamentales que rigen las relaciones humanas. Si aprendes a aplicarlos, tienes grandes posibilidades de que tus relaciones sean felices y productivas. 

Sinceridad. La buena comunicación se basa en el respeto mutuo, y éste va de la mano con la sinceridad.

Tacto. Aunque es imperativo ser sincero, también es importante expresarse de forma cuidadosa y considerada, sobre todo cuando se trata de temas delicados. 

Prudencia. La prudencia te enseña a tener tacto.

Amor. Cuando un niño se siente amada o percibe que sus padres se preocupan por él, ve todo lo demás en su debida perspectiva. Puede que no hagamos ni digamos todo a la perfección; pero si los niños ven que estamos motivados por el amor, los problemas o malentendidos de poca monta no pasan a mayores. 

Optimismo. El afrontar las cosas con una actitud positiva normalmente suscita una reacción igualmente positiva. Los elogios y las palabras de aliento siempre son bienvenidos. 

Sentido de la oportunidad. Lo que se dice es tan importante como el momento que se escoge para decirlo. «El corazón del sabio discierne el tiempo y el juicio» (Eclesiastés 8:5). 
   
Sensibilidad. En vez de estar muy preocupado de las propias necesidades y sentimientos, y en consecuencia ser propenso a ofenderse con facilidad, es preferible ser sensible a lo que complace o desagrada a los demás, sus necesidades y estados de ánimo. 
 
Amplitud de miras. Las opiniones de las personas y su manera de abordar los problemas son tan diversas como las personas mismas. El hacer a un lado nuestros pensamientos y guardar silencio hasta que la otra persona haya expresado lo que piensa es una manifestación de respeto, y propicia los intercambios positivos y fructíferos. Un niño se siente mucho más cómoda con nosotros y acude a pedirnos consejo si sabe que la escucharemos, aunque no siempre coincidamos con él. 
  
Empatía. Ponte en el lugar de tus hijos y procura entender los sentimientos que motivan sus palabras. 
 
Paciencia. A veces resulta difícil escuchar lo que los niños quieren decir sin interrumpirlos, ni tratar de apurarlos, ni terminar las frases por ellos. Sin embargo, es una demostración de amor y respeto, que a la larga da fruto. 

Sentido del humor. Unas risas pueden ser muy oportunas para evitar que un intercambio dificultoso se torne demasiado intenso. No te tomes las cosas a la tremenda. 

Mostrarse accesible. El diccionario define a una persona accesible como «de fácil acceso o trato».

Claridad. Habría menos malentendidos entre las personas si éstas se dejaran de indirectas y de tantas insinuaciones. No dejes a tu hijo tratando de adivinar lo que piensas: dilo sin rodeos. Si no estás seguro de que entendió lo que querías decir, pregúntaselo. 

Esfuerzo. A veces cuesta trabajo comunicarse, pero bien vale la pena por los beneficios que reporta. 

Constancia. Padres y niños que se comunican con frecuencia se entienden mejor y tienen mayores probabilidades de resolver sus diferencias en cuanto surgen.


Artículo original gentileza de la revista Conectate. Usado con permiso.
 
 
¿Cuál es el secreto para criar niños felices y bien adaptados?

No hay ningún secreto, pero sí una clave: el amor. Sería imposible cubrir a cabalidad el tema del amor de los padres por sus hijos en esta breve columna. Sin embargo, a continuación te brindamos un resumen de las fórmulas y acciones más importantes con que puedes manifestar amor a tus hijos.
  • Llévalos a conocer a Jesús. Jesús desea conducir a tus hijos a lo largo de toda la vida. Aceptarlo es tan sencillo que hasta un niño de dos años puede hacerlo. Apenas hayas enseñado a tus hijos quién es Jesús, puedes explicarles que Él quiere vivir en su corazón, que los ama y quiere ser su mejor Amigo.
  • Transmíteles la Palabra de Dios. Incúlcales a tus hijos amor por la Palabra de Dios y enséñales a aplicarla. Así sabrán dónde hallar las respuestas a sus interrogantes y, además de obtener la fe y convicción que necesitan para la etapa de la niñez, con los años llegarán a ser personas felices y productivas.
  • Dedícales tiempo. Por mucho que nuestros hijos necesiten las cosas materiales que les proporcionamos, nos necesitan aún más a nosotros.
  • Enséñales con el ejemplo. No trates de ser perfecto, pero haz gala de una personalidad que sea digna de admiración y confianza a los ojos de tus hijos. Procura ser el tipo de persona que quisieras que fueran tus hijos.
  • Impárteles disciplina y formación, un concepto claro del bien y el mal. Los niños son más felices y se sienten más seguros y estables cuando saben lo que se espera de ellos. Establece reglas y límites claros para que sepan bien lo que les está permitido, y aplica sanciones prudenciales cuando se desmanden o infrinjan las reglas.
  • Fomenta la comunicación franca y sincera. Cuando quieran comunicarte algo, préstales toda tu atención. Es importante saber escucharlos y manifestar un legítimo interés en lo que dicen. Procura ver las cosas desde su punto de vista.
  • El elogio contribuye en mucho al desarrollo de un niño. Es más importante prodigarle elogios por su buen comportamiento que regañarlo cuando se porta mal. Siempre conviene hacer hincapié en lo positivo.
  • Ten fe en que pueden superarse y desarrollar todo su potencial.
  • Exprésales tu amor. Los niños necesitan que se les demuestre constantemente el amor que se les tiene. Manifiesta tu amor por medio de actos concretos.


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Michael G. Conner, doctor en sicología (The Family News)

Los niños no sólo aprenden de lo que hacen, sino también de lo que ven hacer a sus padres. Es importante darse cuenta de ello, ya que muchos padres ventilan sus conflictos y desacuerdos delante de sus hijos. Medite lo siguiente antes de discrepar o ponerse a discutir en presencia de ellos.

Los vínculos emocionales formados entre los padres y los niños hacen que estos noten y adopten los valores, actitudes y comportamiento de sus padres. Los niños confían en las personas con las que se relacionan, e intentan imitarlas y prestarles atención. Pero a diferencia de los adultos, tienden a absorber directamente la actitud de ambos padres. Lo hacen con poca vacilación y sin experiencia.

Cuando los padres exponen sus desacuerdos, el impacto psicológico en los niños puede producir incertidumbre, inestabilidad emocional, pensamientos erráticos e hiperactividad. Mientras que a muchos niños no les afectan los desacuerdos leves, otros son más sensibles y propensos a actuar en base de sentimientos confusos. ¿Cómo hacen frente los niños a los puntos de vista conflictivos de sus padres de lo que está bien o está mal? La respuesta es: «No muy bien».

El impacto de desacuerdos y conflictos varía mientras los niños crecen. Muchos no se dan cuenta de que los niños comenzarán a no hacer caso de los deseos, valores y actitudes de sus padres cuando discuten y hay situaciones desagradables en su presencia. Los niños suelen pensar: «Si mis padres no son capaces de ponerse de acuerdo, eso quiere decir que soy libre de creer y hacer lo que quiera.» Ambos padres pierden credibilidad cuando discuten delante de sus hijos.

La imitación del comportamiento parental es la consecuencia más frustrante de los conflictos y desacuerdos. Los niños no sólo imitan la conducta de sus progenitores, sino que también suelen emprender una escalada competitiva, tratando de superarlos y aprenden a expresarse con un tono, volumen y modo parecidos. Esto explica por qué tantos niños terminan actuando igual que los mismos padres con los no están de acuerdo.

No hablar de los problemas antes de que surjan es una de las principales causas de conflictos y desacuerdos entre padres. Muy pocos padres hablan de cómo resolver los problemas hasta que los tienen delante. Más vale prevenir que curar.

—No discutan sus problemas de padres delante de sus hijos hasta que hayan hablado ustedes del problema y lo hayan resuelto en privado. Eviten expresar desacuerdos con la opinión del otro en presencia de ellos.

—Fijen una propuesta en la que los dos estén de acuerdo. No vale si concuerdan solo para evitar una discusión y después no se apoyan mutuamente.

—Decidan lo que esperan de sus hijos antes de que se den situaciones en las que no se pongan de acuerdo.


 
 
Padres no ponen de acuerdo
William y Marta Heineman Pieper, Ph.D. (tomado de la Internet)

Todos los padres se enojan de vez en cuando delante de sus hijos, pero si logran mantener un ambiente razonable y agradable hasta que estén solos, le ahorrarán al niño tener que vérselas con complejidades de relaciones para las que no está preparado.

De todos modos, si por mucho que se esfuercen surge un desacuerdo delante de sus hijos, cesen las hostilidades tan pronto como puedan y tranquilicen a su hijo diciéndole: «Sentimos haberte disgustado y sabemos que te duele que peleemos. Los dos nos queremos mucho aun cuando discutimos, y nunca dejamos de quererte.»

Muchos tienen la noción errónea de que los malos ratos de «la vida real» fortalecen el carácter de los niños. En realidad, su inmadurez evita que se resguarden del dolor emocional que sienten cuando las cosas van mal. Por eso, las discusiones entre padres y otros sucesos dolorosos dejan a los niños más vulnerables al estrés.

Por otro lado, si protege a su hijo de experiencias inquietantes en general, y sobre todo de la angustia de verlos a usted y a su cónyuge peleando, con el tiempo adquirirá un optimismo constante del mundo y tendrá la armonía y el amor que desea y necesita. Mientras crece, esta actitud positiva le dará fortaleza y resistencia para saber responder a los desafíos de la vida diaria.

La próxima vez que se enfade delante de su hijo, recuerde que lo que a usted le parece una explosión de poca monta de todos los días es para su hijo una explosión nuclear. Conviene que se contenga hasta que esté fuera de su presencia. Será más fácil si se da cuenta que de esta forma nutre el bienestar emocional de su hijo del mismo modo que cuida de su salud física manteniéndolo fuera de la calle o de la cocina.

“…todos deben estar siempre dispuestos a escuchar a los demás, pero no dispuestos a enojarse y hablar mucho.”


 
 
Buena Formación madre niña
* Desde muy temprano debemos esforzarnos por crear una atmósfera de comunicación sincera y abierta con nuestros niños. Debemos animar al niño a comunicarnos cómo se siente. Por supuesto, es muy importante evitar reaccionar con actitud crítica, condenatoria o de superioridad ante un niño que está contando cómo se siente, confesando un error, o manifestando un temor. Si el niño ve una reacción negativa por nuestra parte, probablemente lo pensará mejor antes de venir a contarnos algo en otra ocasión.

¡Ddedicarles "momentos especiales" de charlas sinceras, combinadas con abundantes muestras de cariño, le dan al niño una sensación de seguridad acerca de nuestro amor y consideración hacia sus problemas! Esto se logra cuando nos esforzamos por escucharlos y comprenderlos. El niño jamás olvidará esos momentos especiales que pasa con nosotros. En la mayoría de los casos, esos eran los momentos que nosotros valorábamos más cuando niños: cuando nuestros padres nos manifestaban su amor dedicando parte de su tiempo a pasarlo con nosotros, simplemente charlando.

Por supuesto, antes de esperar que nuestros niños sean sinceros con nosotros, nosotros debemos mostrarnos sinceros con ellos. A los niños les anima mucho saber que sus padres no son perfectos (¡Por otra parte, es seguro que ya se dieron cuenta!) ¡Al admitir sinceramente nuestros errores y debilidades, damos mejor ejemplo de sinceridad y humildad, y debido a ello nuestros hijos nos  querrán más!

Para cualquier tipo de comunicación sincera, es esencial saber prestar oído.  Un padre o madre que sepa escuchar no se dedicará a leer el periódico o a prepararse una taza de té mientras su hijo le cuenta cómo se siente acerca de la pérdida de un buen amigo, o manifiesta sus más íntimos temores y preocupaciones. Uno de los regalos más valiosos que los padres podemos dar a nuestros niños, es interesarnos sinceramente en sus problemas, y la mejor manera de manifestarlo es prestarles toda nuestra atención y escucharlos solícitamente siempre que sea posible. 

Con el  simple hecho de escucharle, estamos diciéndole al niño: "Quiero comprenderte y ayudarte. Considero que vale la pena escucharte y quiero que sepas que tengo fe en ti. Siempre podrás charlar conmigo porque te quiero mucho."

* Debemos hacer preguntas. (¡Los niños no deberían ser los únicos!) En cualquier tipo de comunicación sincera con un niño --o para el caso, con cualquiera-- que le hagamos preguntas le ayuda a abrirse y demuestra nuestro interés. Debemos hacer que sea él quien  hable.

 Cuando nos haga preguntas debemos evitar ponernos a filosofar o fingir ser lo que no somos. ¡Debemos mantenernos sencillos! Tampoco debemos darles ningún tipo de consejo que no estaríamos dispuestos a poner en práctica nosotros mismos.

* Tenemos que aprender a dar nuestros consejos de manera que les sea fácil aceptarlos. Debemos hacer que les "resulte fácil portarse bien", presentándoles las ideas como si fueran parcialmente suyas. Por ejemplo: "Me gustó tu comentario acerca de la necesidad de cambiar un poco las cosas. Probemos tu idea"; o, "¿Qué te parece si probamos esta idea?"; o, "¿No te parece que tal cosa da mejor resultado?"

* Cuando algo sale mal, es importante no juzgar el asunto demasiado pronto. Toda historia tiene por lo menos dos enfoques, y ayuda mucho escuchar todas las versiones de las personas afectadas. Casi todos hemos cometido alguna vez el error de juzgar a la ligera o actuar impulsivamente, con el resultado de que el niño fuera acusado injustamente y quedara profundamente herido. Supongamos que una madre escuchara un ruido en un cuarto, y al entrar corriendo encontrara a su hija llorando junto a un jarrón hecho pedazos. La primera reacción podría ser darle un coscorrón sin pedirle explicaciones, pero eso sólo empeoraría las cosas. ¡Preguntarle primero qué había ocurrido, le daría a la niña la oportunidad de explicarle, tal vez,  que trataba de evitar que el gato se trepara a la mesa, y que al hacerlo, el gato, y no ella, había tirado el jarrón al suelo!

Debemos ser justos y misericordiosos con nuestros niños como sea posible. Si constantemente estamos juzgándoles a la ligera y con severidad, ellos podrían perder fácilmente esa confianza en nosotros. ¡De esa manera, acabarían tal vez teniendo temor de confiar en nosotros y de confesar las faltas que realmente cometan, o su necesidad de ayuda!



Extraído de los escritos de D.B. Berg. © La Familia Internacional. Usado con permiso. 
 

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