Consejos para Padres
 
— Papi, ¿cuánto ganas por hora? — Con voz tímida y ojos de admiración, un pequeño recibía así a su padre al término de su trabajo.

El padre dirigió un gesto severo al niño y repuso: —Mira hijo, esos Informes ni tu madre
los conoce. No me molestes que estoy cansado.

—Pero Papi, —insistía— dime por favor ¿cuánto ganas por hora?

La reacción del padre fue menos severa. Sólo contestó: —Cuatro Soles por hora.

—Papi, ¿me podrías prestar dos Soles? —preguntó el pequeño.

El padre montó en cólera y tratando con brusquedad al niño le dijo: —Así que, esa era la razón para saber lo que gano. Vete a dormir y no me molestes, muchacho aprovechado.

Había caído la noche. El padre había meditado sobre lo sucedido y se sentía culpable. Tal vez su hijo quería comprar algo. En fin, descargando su conciencia dolida, se asomó al cuarto de su hijo. Con voz baja preguntó al pequeño: —¿Duermes, hijo?

—Dime, Papi —respondió entre sueños.

—Perdóname por haberte tratado con tan poca paciencia; aquí tienes el dinero que me
pediste, —respondió el padre.

—Gracias, Papi —contestó el pequeño y metiendo sus manitas debajo de la almohada, sacó unas monedas.

—Ahora ya completé. Tengo cuatro Soles. ¿Me podrías vender una hora de tu tiempo? —preguntó el niño.



Gentileza del libro “Rayos de Sol: Anécdotas para el alma”
 
 
Los niños deben obedecer y honrar a sus padres.

  • Éxodo 20:12 - Honra a tu padre y a tu madre, para que disfrutes de una larga vida en la tierra que te da el Señor tu Dios.
  • Efesios 6:1 - Hijos, obedezcan a sus padres. Ustedes son de Cristo, y eso es lo que les corresponde hacer.
  • Colosenses 3:20 - Ustedes, los hijos, deben obedecer a sus padres en todo, pues eso agrada al Señor.

Pídele a Dios que te oriente  en la educación de tus hijos.

  • Jueces 13:12  - Entonces Manoa [el padre de Sansón]  le dijo [al ángel]: —Cuando se cumpla lo que dijiste, ¿cómo debemos criar al niño? ¿Qué debemos hacer?
  • Proverbios 3:5,6  - Pon toda tu confianza en Dios y no en lo mucho que sabes. Toma en cuenta a Dios en todas tus acciones, y él te ayudará en todo.
  • Santiago 1:5 - Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará.

Tratar a tus hijos con benevolencia y amor.

  • Lucas 1:17 - Él [Juan el Bautista] irá primero, delante del Señor…para reconciliar a los padres con los hijos.
  • Efesios 4:32 - Sean buenos y compasivos los unos con los otros, y perdónense, así como Dios los perdonó a ustedes.
  • Colosenses 3:21  - Y ustedes, los padres, no deben hacer enojar a sus hijos, para que no se desanimen.
  • 1 Pedro 4:8 - Sobre todo, ámense los unos a los otros, porque el amor cubre multitud de pecados.

La paciencia, la misericordia y la verdad son lo más eficaz.

  • Proverbios 16:6 - El pecado se perdona cuando se ama de verdad; uno se aleja del mal cuando obedece a Dios.
  • Romanos 2:4 - Dios es muy bueno, y tiene mucha paciencia, y soporta todo lo malo que ustedes hacen. ... Dios los trata con bondad, para que se arrepientan de su maldad.
  • 1 Tesalonicenses 2:11-12  - A cada uno de ustedes lo hemos tratado como trata un padre a sus hijos. Los animamos, los consolamos, y también insistimos en que vivieran como deben vivir los que son de Dios.

Los padres tienen la obligación de educar a sus hijos y darles buen ejemplo.

  • Deuteronomio 4:9 - Jamás olviden todo lo que les ha pasado; al contrario, deben contárselo a sus hijos y nietos. 
  • Deuteronomio 6:6,7  - Apréndete de memoria todas las enseñanzas que hoy te he dado, y repítelas a tus hijos a todas horas y en todo lugar: cuando estés en tu casa o en el camino, y cuando te levantes o cuando te acuestes. 
  • Efesios 6:4 - Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos. Más bien edúquenlos y denles enseñanzas cristianas.

Se debe castigar a los hijos cuando lo precisen.

  • Proverbios 3:12 - Dios corrige a quienes ama, como corrige un padre a sus hijos.
  • Proverbios 19:18 - Corrige a tu hijo mientras aún pueda ser corregido.
  • Proverbios 29:17 - Corrige a tu hijo y te hará vivir tranquilo, y te dará muchas satisfacciones.

Una formación cristiana les servirá de guía toda la vida.

  • Salmo 37:31 -  Lleva en el corazón la enseñanza de su Dios; ¡jamás resbalarán sus pies!
  • Proverbios 6:20,22,23 - Hijo mío, guarda siempre en tu memoria los mandamientos y enseñanzas de tus padres. Te guiarán cuando andes de viaje, te protegerán cuando estés dormido, hablarán contigo cuando despiertes. En verdad, los mandamientos y las enseñanzas son una lámpara encendida; las correcciones y los consejos son el camino de la vida.
  • Proverbios 22:6 - Dale buena educación al niño de hoy, y el viejo de mañana jamás la abandonará.
  • Juan 10:27,28 - Mis ovejas reconocen mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna, y jamás perecerán ni nadie me las quitará.
  • 2 Timoteo 3:15 - Recuerda que desde niño has leído la Biblia, y que sus enseñanzas pueden hacerte sabio, para que aprendas a confiar más en Jesucristo y así seas salvo.

Basado en un articulo en la revista Conéctate. Foto gentileza de photostock/freedigitalphotos.net
 
 
Cuando nos enteramos de que alguien está haciendo una gran obra, podemos estar seguros de que esa persona tuvo una excelente formación. Quizá fue la instrucción que le dio su madre, el ejemplo de su padre, la influencia de un profesor o una experiencia intensa que vivió. En todo caso, ese elemento debe estar presente; de lo contrario no se lograría nada, por muy propicia que fuera la oportunidad.

Catherine Miles

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El Times de Londres informa: Un estudio ha revelado que los progenitores que dedican tiempo a sus hijos, aunque no sea más de cinco minutos al día, multiplican sus oportunidades de llegar a ser adultos seguros de sí mismos.

Casi todos los muchachos cuyo padre les dedicó un tiempo exclusivo para conversar de sus inquietudes, tareas escolares y vida social llegaron a ser jóvenes optimistas llenos de confianza y esperanzas.

El estudio, tomado de una investigación realizada por la Universidad de Oxford, seleccionó a chicos con alta autoestima, felicidad y seguridad en sí mismos, y los describió como chicos dinámicos y con aptitudes para triunfar.

El estudio reveló que hay pocas diferencias entre los efectos positivos de una buena relación con el padre en una familia en que ambos progenitores viven juntos y en otra en que, pese a la ausencia del padre, este se esfuerce por dedicar tiempo a su familia. Como fuera que estuviese constituida la familia, el factor determinante era la unidad de sus integrantes.

Asimismo, en las familias cuyos integrantes empleaban de forma provechosa el tiempo que pasaban juntos, los niños estaban más seguros de sí mismos.

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Oración de un padre

Dame, Señor, un hijo que sea lo bastante fuerte para saber cuándo es débil, y lo bastante valiente para sobreponerse cuando tenga miedo; que se muestre orgulloso y firme ante la derrota justa, y humilde y gentil en la victoria.

Dame un hijo cuyos deseos no tomen el lugar de las obras; un hijo que te conozca y que sepa que en Ti está la piedra angular del conocimiento.

No te pido que lo lleves por una vía fácil y llena de comodidades, sino por la que tenga el acicate de las dificultades y los desafíos. Que aprenda a plantarse firme en la tempestad y a ser compasivo con los que fracasan.

Dame un hijo que tenga el corazón limpio como el cristal y altitud de miras, y que tenga dominio de sí mismo antes de pretender dominar a otros; que avance hacia el futuro sin olvidar el pasado.

Por último, te pido que una vez que tenga todas esas características, le des también bastante sentido del humor, a fin de que siempre sea un hombre serio, pero jamás se tome a sí mismo con demasiada seriedad. Te pido que le des humildad para que siempre tenga presente la verdadera grandeza de la sencillez, y que le des la mentalidad abierta de los que han adquirido verdadera sabiduría, y la debilidad que proporciona la auténtica fuerza.

Entonces podré afirmar en voz baja: «No he vivido en vano».

El General Douglas MacArthur


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Vivamos de tal manera que nuestros hijos lleguen a adquirir nuestras mejores virtudes y dejar atrás nuestros mayores fracasos. Transmitámosles la luz del valor y la compasión, y espíritu de búsqueda. Y brille esa luz con más viveza en nuestros hijos que en nosotros.

Robert Marshall

 
 
niño con pelota
Observaba a unos niños que jugaban fútbol; los más pequeños tendrían cinco o seis años, y algunos eran un poco mayores. Se tomaban el partido muy en serio. Eran dos equipos completos con entrenadores, camiseta y todo, y los padres, que eran parte del público. Como no conocía a ninguno, disfruté del partido sin la distracción de preocuparme por el resultado del encuentro. Lo único que me habría gustado era que los padres y los entrenadores hubieran hecho lo mismo que yo. Los equipos estaban bien distribuidos. Por llamarlos de alguna manera, me referiré a ellos como Equipo Uno y Equipo Dos.

En el primer tiempo nadie marcó un gol. Era bastante gracioso. Los chiquillos eran torpes y serios a la vez como solo pueden serlo los niños. Tropezaban con sus propios pies, se caían encima de la pelota y la pateaban sin llegar a tocarla. Pero nada de eso les importaba; ¡se lo estaban pasando en grande!

Para el segundo tiempo, el entrenador del Equipo Uno retiró a los que debían de ser sus mejores jugadores y sacó a los de reserva. Solo dejó al mejor, al que puso de portero. El partido experimentó un giro dramático. Será que ganar es importante aunque se tengan cinco años, porque el entrenador del Equipo Dos dejó a sus mejores jugadores, y los suplentes del Equipo Uno no podían competir con ellos.

Los jugadores del Equipo Dos se concentraron en torno al chico de la portería contraria. Era bastante bueno para su edad, pero no podía con tres o cuatro que eran tan buenos como él. El Equipo Dos empezó a meter goles.

El solitario guardameta puso todo su empeño, tirándose sin parar hacia la pelota cada vez que esta se acercaba al arco, lanzándose de modo temerario e intentando con valentía detenerla. El Equipo Dos metió dos goles consecutivos. El pequeño arquero se enfureció. Fuera de sí, gritaba, corría y se arrojaba con todas sus fuerzas. En un esfuerzo supremo, consiguió por fin marcar a uno de los chicos que se acercaba a la meta. Pero este pasó el balón a otro que estaba cerca y, cuando volvió a su posición, ya era tarde. Metieron el tercer gol.

No tardé en darme cuenta de quiénes eran los padres del portero. Parecían personas agradables y decentes. Se veía que el padre venía de la oficina, pues andaba de traje y corbata. Los padres animaban a su hijo con voces. Yo estaba embebido contemplando al chico en la cancha y a sus padres a un lado del campo de juego. Después del tercer gol, el niño ya no era el mismo. Se daba cuenta de que no tenía caso; no lograría detener los goles. Siguió jugando, pero se veía que interiormente estaba desesperado. Se le notaba en el rostro que estaba convencido de que todos sus esfuerzos serían inútiles.

El padre también cambió. Hasta ese momento había instado a su hijo a esforzarse más, le daba consejos a voces y lo animaba. Ahora se veía ansioso. Intentó decirle que no se preocupara ni se diera por vencido. Sufría por el dolor que sabía que experimentaba su hijo.

Luego del cuarto gol, adiviné lo que pasaría a continuación. No era la primera vez que lo presenciaba. El niño necesitaba ayuda y no era posible dársela. Sacó la pelota del arco, se la entregó al árbitro y se puso a llorar. Se quedó allí de pie mientras le rodaban gruesos lagrimones por las mejillas. Luego se puso de rodillas y vi que el padre se acercaba a la cancha. La esposa lo asió de la muñeca y le suplicó:

—Jim, no lo hagas. Lo vas a avergonzar.

El padre se soltó y corrió hacia el campo de juego. No debía hacerlo, porque el partido no había terminado. Iba vestido de traje, corbata y zapatos finos. Se lanzó hacia la cancha y tomó en brazos al niño. En ese momento todos comprendieron que era su hijo. ¡Lo abrazó, lo besó y lloró con él! Jamás me he sentido tan orgulloso de nadie como me enorgullecí en aquel momento de ese padre.

Lo sacó en brazos del terreno de juego. Cuando llegaron cerca de la línea de banda, alcancé a oír que le decía:

—Estoy orgulloso de ti. Has estado fabuloso. Quiero que todos sepan que eres hijo mío.

—Papá —contestó el niño entre sollozos—, no podía parar los goles. Hacía lo que podía, pero me los metían.

— Scotty, da igual cuántos goles te hayan metido. Eres mi hijo y estoy orgulloso de ti. Quiero que vuelvas a la cancha y te quedes hasta el final del partido. Ya sé que quieres darte por vencido, pero no puedes. Te van a seguir metiendo goles, pero no importa. Anda, ve.

Aquellas palabras fueron decisivas; no me cupo duda de ello. Cuando no tenemos a nadie que nos ayude y no podemos evitar que nos metan un gol tras otro, es muy importante saber que ello no importará a nuestros seres queridos. El chiquillo volvió corriendo al campo de juego. El Equipo Dos metió dos goles más, pero ya no era tan trágico.


 
 
Un presentación dedicado a los padres. Feliz Día del Padre!
 
 
¿Cómo reaccionó el padre del hijo pródigo cuando este volvió al hogar? (Lucas 15:11-24) ¿Corrió a oler el aliento de su hijo para averiguar si había estado bebiendo? ¿Hizo algún comentario sobre lo mal que había cuidado su ropa? ¿Lo criticó por tener el pelo desgreñado y las uñas sucias? ¿Le preguntó cuál era el saldo de su cuenta corriente? Por supuesto que no. Abrazó al chico y le dio una calurosa acogida.

A mi juicio, la principal lección que nos deja este episodio de amor inmortalizado en la Biblia es que Dios nos acepta tal como somos. A la luz de ese ejemplo que Él nos puso, ¿no deberíamos esforzarnos por obrar del mismo modo con nuestros hijos? ¿Podemos darnos el lujo de privarlos de esos abrazos que les demuestran que los acogemos con amor?

Ese cariño es como una manta que todo progenitor puede tejer para abrigar a su hijo y demostrarle que lo acepta tal cual es. Es lo que motiva a un padre a seguir ayudando a su chico a superarse hasta que éste alcanza la meta que Dios le ha trazado.  
Bob Pedrick

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Un buen padre vale por cien maestros de escuela.  - George Herbert

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De niño mi padre me decía todos los días: «Eres el muchacho más fantástico del mundo y puedes hacer cualquier cosa que te propongas».  - Jan Hutchins

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Todo hombre, por muy ocupado que esté, que reflexiona de vez en cuando sobre su labor como padre puede aprender a ser un mejor papá.  - Jack Baker

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Mi padre me dio el mejor regalo que uno pueda recibir: creyó en mí.  - Jim Valvano

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Al niño, corrígelo con cariño.  - Refrán español

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Mi padre no me habló de cómo debía vivir. Vivió y me dejó observarlo. 
 - Clarence Budington Kelland


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Los hijos y el jardín de un hombre reflejan el tiempo dedicado a desmalezar durante la temporada de desarrollo.  - Anónimo

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Los niños pequeños se convierten en grandes hombres por la influencia de grandes hombres que se interesan por los niños pequeños.  - Anónimo

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A un padre se lo respeta por el liderazgo que ejerce.
Se lo aprecia por los cuidados que prodiga a su familia.
Se lo valora por el tiempo que dedica a sus hijos.
Y éstos lo aman porque les da lo que más estiman: se entrega a sí mismo. 
 - Anónimo



Gentileza de la revista Conectate. Usado con permiso.
 
 
consejos para padres
Con lo ocupados que están en su vida diaria, a veces es fácil ver a los niños como una más de tantas tareas, y si se tiene un día particularmente ajetreado, la solución más sencilla tiende a ser dejar que se entretengan solos con juguetes, videos o juegos mientras ustedes se ocupan de otras cosas.

Deben tener presente que lo que viertan en sus hijos cada día contribuye a prepararlos para el futuro. El amor, interés, disciplina y atención que les dedican los ayuda a madurar y convertirse en las personas que serán el día de mañana. Si están demasiado ocupados para dar a sus hijos el tiempo y el amor que necesitan, se perderán la ocasión de hacer una de las inversiones más importantes de la vida; aunque hagan lo que tenían previsto para el día, no será algo que perdure. Lo que trasciende al día de hoy es lo que invierten en la vida de sus hijos.

Siempre tendrán tareas pendientes -la limpieza de la casa, ropa que lavar, cuentas que pagar- pero no siempre tendrán a sus hijos con ustedes, y no podrán recobrar los momentos que perdieron «porque estaban demasiado ocupados». Cada día, cada momento, cuentan para forjar el futuro de sus hijos y convertirlos en las personas que deben ser.

Cuanto más vierten en sus hijos, más aprenden. Aprovechen todas las oportunidades que se les presenten para enseñarles algo; pueden colmar su vida de felicidad por medio del celo y la inspiración con que viven ustedes la suya. Además, pueden aprender mucho criándolos; de hecho, más de un sabio ha aprendido algo de la sinceridad, el amor y la sencillez de un niño.

Recuerden siempre que los años de la infancia son muy valiosos; con lo que les dan forjan el futuro de sus hijos, así que aprovéchenlo, sáquenle el jugo. Nunca lo lamentarán.


© TFI. Usado con permiso
 
 
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Bil Keane

En los casi treinta años que llevo dibujado la caricatura The Family Circus he aprendido muchísimo acerca del amor. Lo he descubierto en mi familia, y muchas veces me he basado en situaciones reales para hacer las caricaturas. No es ningún secreto. En lo que se refiere a amor, mi máxima inspiración y el modelo para el personaje de la madre ha sido mi esposa Thel.

Tenemos cinco hijos y cuatro nietos. Cuando nuestros hijos eran pequeños, la gente con frecuencia se preguntaba cómo se las arreglaba Thel para cuidar de todos. Siempre podíamos contar con ella, ya fuera para aliviar el dolor de un rasguño en la rodilla, sentarse entre el público en una representación de teatro escolar o ayudar a los niños a hacer las tareas del colegio en la mesa de la cocina. Y mientras más hacía por nosotros, más podía dar de sí.

Así descubrí las paradójicas leyes del amor de Dios. El amor no se raciona. Nunca se agota. Al contrario, de una manera que desafía a las leyes de la física, mientras más amor se da, más se puede dar. Así como el entusiasmo se contagia y genera más entusiasmo, la amabilidad ayuda a ser amable y la alegría se comunica, el amor aumenta cuando se regala.

Intenté poner todo eso en una de mis caricaturas. En ella aparece la madre con una bolsa llena de comestibles en un brazo y el bolso en la otra mano, mientras los cuatro chiquillos están agarrados de sus rodillas. A la izquierda hay una señora que le pregunta: «¿Cómo hace para repartir amor entre cuatro niños?» Y la madre responde con una frase digna de reflexión:

-Verá usted, señora, es que no divido el amor, lo multiplico.

                                                                               *****

La esencia del amor

En la vida, lo mejor siempre trae en su envoltorio una etiqueta que advierte de sus riesgos. Se desata el regalo, y junto con el riesgo se asume la alegría. La paternidad es así. El matrimonio es así. La amistad también. Para vivir la vida a plenitud, hay que exponerse ante el abismo sin fondo de la vulnerabilidad. Esa es la esencia del amor verdadero.

Kristin Armstrong


 
 
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 Un hombre me escribió una carta en la que me contaba ciertas experiencias que vivió de jovencito. Desde niño había sido un delincuente. No obstante, cuando su padre empezó a pasar más tiempo con él, experimentó una impresionante transformación. Reproduzco a continuación unos pasajes de su carta: 

«Desde los ocho hasta los catorce años fui un maleante. Mi padre se iba a trabajar a las tres de la tarde y volvía a las tres de la mañana. Cuando yo me levantaba él estaba durmiendo, y cuando yo llegaba del colegio, él ya se había ido a trabajar. Casi nunca lo veía, a excepción de unos minutos los fines de semana. 

»Me metí en muchos problemas. Robaba todo lo que necesitaba o quería: cigarrillos, dinero, caramelos, comida, etc. Era incorregible, y en el colegio me iba pésimo. 

»A los catorce una vez más me detuvieron por robar y me enviaron a un reformatorio. La primera reacción de mi padre fue de enojo; pero después se dio cuenta de que en parte la culpa había sido suya por no haber desempeñado mejor su papel de padre. Reevaluó su vida y decidió ayudarme. 

»Dejó su empleo nocturno y tomó uno diurno. Aunque ganaba menos, eso le permitía pasar ratos conmigo diariamente. Cuando yo llegaba del colegio, él estaba en casa. Comenzó a interesarse por mi rendimiento escolar y a ayudarme con mis tareas. Nos hicimos socios de un club masculino. En vez de matar el tiempo en algún sucio salón de billar, iba con él a un centro recreativo donde jugábamos billar, balonmano y baloncesto, los juegos que a mí me gustaban. Me compró un pase de temporada en el club de golf y me llevaba a jugar tres o cuatro veces por semana. Pasábamos mucho tiempo juntos. 

»Mi vida cambió gracias a que mi padre me manifestó amor y comprensión. En el colegio mis notas mejoraron tanto que llegué al cuadro de honor. Hice nuevos amigos, muchachos estudiosos que no se metían en líos. Aunque exteriormente me mostraba duro, por dentro anhelaba amor, atención y compañía. La clave fue el amor de mi padre, que él me prodigó pasando tiempo conmigo». 

Todos los niños necesitan un padre o al menos una figura paternal, alguien que sepan que los admira, que tiene fe en ellos, que disfruta de su compañía y tiene ganas de estar con ellos. Todos los niños necesitan a alguien que los comprenda, que se ponga en su pellejo y ore por ellos cuando sufran profundas decepciones, que los sostenga cuando estén por perder la esperanza y que celebre con ellos la materialización de sus sueños. 

¿Reciben tus hijos ese amor? 

En la televisión se ven cantidad de casos de personas comunes y corrientes —profesores, sacerdotes, policías, etc.— que contribuyen a cambiar notablemente la vida de algún joven, aun de los peores delincuentes. ¿Qué fórmula aplican? Simplemente les dedican tiempo. 

En un segmento noticioso entrevistaron a una señora que había abierto un hogar para chicos desadaptados —fugados de sus casas, prostitutas, pandilleros—, de esos que se escurren por las grietas de la sociedad. Ante las cámaras expresó: —Los chicos que yo atiendo son los más despreciados, los rechazados de la nación. 

Cuando el entrevistador preguntó a algunos de los chicos qué hacían antes de llegar al hogar, respondieron: 

     —Tomaba drogas. 
     —Peleaba todo el tiempo. 
     —Explotaba a las chicas. 
     —Le disparaba a la gente por diversión. 

Hablando de los chicos, la señora dijo: —Han perdido toda esperanza. No confían en la gente mayor. Los adultos vivimos demasiado ocupados. No les prestamos atención. Ya nadie tiene tiempo para los chicos. 

Cuando se le preguntó qué necesitaban aquellos jóvenes, respondió: —¿Estos? La fórmula es muy sencilla. ¿Saben lo que necesitan estos chicos? Amor maternal. Quieren modelos que imitar. Personas que se muestren sinceras con ellos. Quieren que alguien los discipline. Alguien que sea capaz de inculcarles un sentido de la responsabilidad, de enseñarles que sus actos traen consecuencias. Alguien que los sostenga, que los abrace. Yo no me doy por vencida con ellos. Si les enseñas a darse por vencidos fácilmente, lo harán. 

Uno de los mayores la abrazó y dijo: —Ella es mi madre. No somos de la misma sangre, pero en cierto sentido, es mi madre. Me cuida. 

Al preguntar a los chicos qué cambios se habían producido en su vida gracias a aquella mujer, el de aspecto más malvado, el que disparaba a la gente por diversión, respondió:     —Mírenos por dentro. Tenemos esperanza. Tenemos sueños. Nos interesan las cosas. Ahora quiero ir a la universidad. 

El mensaje final que aquella mujer dirigió a los padres fue: —Amen a sus hijos. No se den por vencidos con ellos. Ámenlos hasta que duela. En eso consiste el amor: en amar incondicionalmente, ¡hasta que duela! 

Es fácil perder de vista el potencial de un individuo. Dependemos demasiado de la sociedad, de sus instituciones, del Gobierno, del colegio. Eso nos ha llevado a insensibilizarnos. Como individuos no sentimos ya la obligación de velar por los niños, sean nuestros o no, por cualquier niño que se cruce en nuestro camino y que tal vez nos necesite. 

Puede que formes parte de los designios divinos para llevar amor a un jovencito o una jovencita. Tu amor, tu interés y tu amistad pueden tener un efecto enorme. 


Escrito por Maria David y publicado originalmente en la revista Conectate. Utilizado con permiso.

 
 
Padre celestial, te pido que me ayudes a entender a mis hijos, a escucharlos con paciencia y a responder a todas sus preguntas con amabilidad. Recuérdame que no debo interrumpirlos ni contradecirlos. Haz que actúe con ellos con la misma consideración que de ellos espero. Que no me ría jamás de sus errores, ni me burle de ellos, ni los ponga en ridículo cuando me contraríen. No permitas jamás que los castigue sólo por satisfacer mis apetitos o demostrarles mi autoridad. 

No dejes que los tiente a robar o a mentir. Y guíame momento a momento para que les demuestre con todas mis palabras y mis actos que la honradez y la sinceridad son el origen de la felicidad. 

Te pido que suavices mi rudeza de carácter; y cuando esté de mal humor, Señor, ayúdame a refrenar la lengua. 

Que no olvide jamás que son niños y que no debo esperar de ellos criterios de adulto. 

Que no los prive de la oportunidad de cuidarse y de tomar decisiones por su cuenta. 

Concédeme grandeza para acceder a todos sus pedidos que sean válidos, y por otra parte negarles todo aquello que en mi opinión les resultaría perjudicial. 

Haz que sea imparcial y que los trate con justicia y bondad, que me merezca su amor y respeto y sea un modelo para ellos. Amén. 

Abigail Van Buren (1918- ), de la famosa columna Dear Abby

 

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